13 Oct 2021

POR: Javier

Ansiedad y estrés / Noticias / Psicología general

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Los famosos también hablan abiertamente de sus problemas de salud mental para romper el tabú social

El pasado 10 de octubre se celebró el Día Mundial de la Salud Mental, una de las enfermedades invisibles más devastadoras, sufridas en silencio y que afectan a millones de personas en el mundo. Por este motivo, Unicef España ha puesto en marcha la campaña en redes sociales #EnMiMente para normalizar y visibilizar este problema de salud ya que, según la Confederación de Salud Mental España, el 6,7% de la población padece de depresión y ansiedad y 1 de 4 personas tiene o tendrá en nuestro país algún síntoma en su vida.

Por ello, es importante la comunicación y no juzgar. De ahí que sea fundamental que numerosos rostros conocidos hablen de sus patologías para hacer un frente común ante la depresión, el estrés, esquizofrenia, TOC, adicciones o pensamientos suicidas. En los últimos Juegos Olímpicos en Tokio, la cuatro veces campeona olímpica Simone Biles (24) confesó su drama interior y decidió parar: “He tenido demonios mentales” y para no molestar a nadie admitió que hace un año “dormía mucho porque era lo más parecido a la muerte sin hacerme daño”. Aquellas palabras se clavaron como dardos en el corazón de millones de personas. Pero ella no es la única que ha dado la cara. Mariah Carey (52), Martin Scorsese (78), Megan Fox (35), Catherine Zeta-Jones (52) y Britney Spears (39) padecen trastorno bipolar en diferentes grados, de ahí que la ex princesa del pop haya estado tutelada y que la esposa de Michael Douglas ingresara en centros específicos. De hecho, cuando en 2011 le diagnosticaron oficialmente la enfermedad le ingresaron en cuatro ocasiones.

En Hollywood hay super estrellas que no han tenido miedo a confesar públicamente cómo sienten y padecen. También es el caso de David Beckham (46), Cameron Diaz (49) y Leonardo DiCaprio (46) quien, a pesar de tener obsesiones y manías (suele pisar los chicles pegados en el suelo desde el set de rodaje hasta su roulotte), ha logrado cobrar 30 millones de dólares por película hasta amasar una fortuna de 230 millones. En el caso del futbolista, su trastorno obsesivo compulsivo consiste en tenerlo todo ordenado por pares y en línea recta y si pernocta en algún hotel ha de poner todos los libros y papeles dentro de los cajones. El ex presidente Donal Trump (75) padece misofobia, por lo que en la mayoría de encuentros nunca suele estrechar la mano por temor a contagiarse.

LOS MÁS MEDIÁTICOS DE ESPAÑA

En nuestro país, uno de los casos mediáticos más famosos ha sido el de Raquel Mosquera (53), que ha sido ingresada en diversas ocasiones por brotes psicóticos en el Hospital Puerta de Hierro o en la López Ibor. Pero no nos confundamos. Incluso los aparentemente más fuertes, como los futbolistas de primera, también cae en el pozo negro de la depresión, como le ocurrió a Iniesta (37) a raíz del fallecimiento en 2009 de su amigo, el futbolista Daniel Jarque y por una serie de lesiones que motivaron que cayera en un pozo (casi) sin fondo. Con la ayuda de una psicóloga y varios psiquiatras logró vencer a la enfermedad y marcó el gol que dio la victoria a España en los Mundiales de Sudáfrica. Esta misma enfermedad la ha padecido Kiko Rivera (37), que dejó de ejercer su profesión como DJ durante unos meses para recibir el tratamiento adecuado ya que confesó en GH DÚO que su adicción a las drogas motivó que cayera a nivel mental.

En una profesión tan inestable como la actuación, hay intérpretes que no suelen llevar demasiado bien los parones. Es lo que le sucedía a Alfonso Bassave (41), que le daba vueltas continuas a la cabeza de por qué no le contrataban, se encerraba en sí mismo y se culpabilizaba. Pero con la ayuda profesional logró soltarse y expresar lo que sentía. Pastora Soler (43) se retiró porque tenía pánico escénico, por lo que se mantuvo alejada del público durante dos años. El actor argentino Ignacio Serricchio (39) sufrió un duro golpe cuando su hermano pequeño Alejandro falleció hace cinco años al quitarse la vida por la depresión que padecía. Desde entonces, este galán afirmó a los cuatro vientos que “quiero ser la voz y el apoyo de los que sufren depresión y enfermedades mentales. Es mi nueva misión en la vida”. En España, la inversión del Gobierno para paliar los temas de salud mental es prácticamente tan vergonzosa como inexistente.

24 May 2021

POR: Javier

Niños / Noticias

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¿Pueden indicar las rabietas de los niños un problema de conducta?

Las rabietas diarias en los niños podrían indicar un problema más profundo como predisposición a la depresión, como sugiere un estudio publicado en ‘Journal of Child Psychology and Psychiatry’.

Es normal que los niños tengan rabietas de vez en cuando. Patalean, lloran e incluso se tiran al suelo cuando quieren conseguir algo o simplemente están cansados. Sin embargo, si los berrinches se producen a diario podría tratarse de una señal de conducta preocupante, tal y como sugiere un estudio publicado en Journal of Child Psychology and Psychiatry.

Tras realizarle una encuesta a cerca de 1500 padres, los investigadores descubrieron que el 84 % de los niños en edad preescolar habían tenido una rabieta en el último mes, mientras que solo el 8 % tenían berrinches a diario.

Esto podría indicar que, incluso en niños pequeños, las rabietas diarias pueden derivar en un problema más profundo como predisposición a la depresión, tal y como afirmó la investigadora del estudio Lauren Wakschlag en una entrevista publicada en Live Science.

Los investigadores también preguntaron a los padres sobre la frecuencia y gravedad de los berrinches de sus hijos. Así, los científicos concluyeron que un comportamiento poco habitual era que los niños tuvieran rabietas inesperadas, a diferencia de cuando se encontraban tristes o enfadados. Solo el 8 % tuvo una rabieta repentina una vez por semana.

Tampoco era común que durasen mucho tiempo, pues solo el 14 % de los niños tenían rabietas de más de cinco minutos una vez por semana. Además, únicamente el 8 % demostró tener conductas agresivas como gritar, morder o dar patadas.

Este hallazgo es parte de una investigación más amplia que estudia las diferencias entre las rabietas normales y aquellas que indican signos tempranos de problemas de salud mental. Los investigadores llegaron a la conclusión de que los berrinches son habituales en los niños, no obstante, cuando ocurren con demasiada regularidad podría ser preocupante.

Asimismo, tal y como indicó Walksclag, se necesita mucha más investigación para vincular los berrinches diarios con los problemas de salud mental, pues en realidad se trata de un comportamiento bastante habitual entre los niños.

Wakschlag, L.S., Choi, S.W., Carter, A.S., Hullsiek, H., Burns, J., McCarthy, K., Leibenluft, E. and Briggs‐Gowan, M.J. (2012), Defining the developmental parameters of temper loss in early childhood: implications for developmental psychopathology. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 53: 1099-1108. Doi: 10.1111/j.1469-7610.2012.02595.x

05 May 2021

POR: Javier

Noticias / Psicología general

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Pocos psicólogos y muchos fármacos: el drama de la salud mental en España

Tenemos tres psicólogos por cada 100.000 habitantes, muy por debajo de otros países. La primera opción siempre es recetar fármacos

En tiempos prepandémicos, allá por 2019 -no hace tanto-, los problemas de salud mental ya eran la principal causa de discapacidad en el mundo por encima de problemas cardiovasculares, oncológicos y de otro tipo. Según la OMS, en 2030 -a la vuelta de la esquina ya- la depresión será la primera causa de discapacidad en jóvenes y adultos. Solo en Europa, 84 millones de personas se ven afectadas por trastornos mentales (una de cada seis). En España concretamente el 6,7% de la población estaba afectada por la ansiedad.

Pero eso era antes, antes de que un virus nos confinara, nos metiera en ERTE y nos hiciera perder el empleo, nos quitara a nuestros seres queridos, nos aislara y nos dejara solos, llenos de miedos, incertidumbre y tristeza, el caldo de cultivo perfecto para que afloren algunas enfermedades mentales. “La salud mental de la población española ha caído en picado durante la pandemia y debajo no hay red“, alertó el martes el presidente de la Confederación Salud Mental España, Nel González Tapico. La Confederación ha lanzado la campaña Salud mental y Covid-19, con la financiación del Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030 y Fundación ONCE, para visibilizar cómo ha afectado la pandemia a una salud mental de los españoles ya mermada con anterioridad.

El portavoz de Más País, Íñigo Errejón, sorprendió ayer llevando ante el Congreso este problema que “no es de la máxima actualidad, pero sin embargo sí es de la máxima importancia”, recalcó y aportó algunos datos de la Encuesta sobre la salud mental de los españoles durante la pandemia de la Covid-19 publicada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) el 4 de marzo. Por ejemplo, que seis de cada 10 españoles tienen ya síntomas de depresión o ansiedad; que más de la mitad de la población (55%) siente desesperanza (sentimiento que tienen siete de cada 10 jóvenes); o que 10 personas se suicidan al día en España.

Y es que la pandemia ha venido a intensificar el grave problema de la salud mental que, para más inri, se omite del debate público y se esconde cuando se sufre por el estigma y la discriminación que suele llevar aparejadas. “Sigue habiendo estigma, pero cada vez las personas son más dadas a reconocer que pueden estar deprimidas o que tienen un cuadro de ansiedad. Algunos trastornos mentales tienen peor imagen y se mantienen bastante ocultos, pero las personas ya reconocen antes la depresión y la ansiedad y piden ayuda. La tristeza, la angustia, las crisis de pánico, la agorafobia -que ha aumentado con la pandemia- son los cuadros que más nos estamos encontrando en salud mental”, explica Pablo Rodríguez López, psicólogo clínico en el Hospital Fundación Alcorcón.

Rodríguez señala que aunque suele separarse salud física y mental como una dicotomía, “lo cierto es que van de la mano, si no estás bien psicológicamente no vas a estar bien físicamente, y viceversa”. Esta tradición de considerar a la salud mental como “la hermana fea y pobre” de la salud pública, en España se refleja claramente en la escasa inversión que se hace: solo se le dedica el 5% del gasto total en sanidad, según la iniciativa Headway 2020 que se presentó en Europa el año pasado y estudia los retos en salud mental en España, Italia y Polonia.

Así, “en España hay unos tres psicólogos por cada 100.000 habitantes, cuando en otros países son seis, ocho o 10“, subraya Rodríguez. Era uno de los reclamos de Errejón ayer: “Hay que doblar el número de psicólogos en la salud pública porque que alguien te acompañe o te eche una mano cuando estás solo o lo estás pasando fatal no puede ser un lujo para el que se lo puede pagar”. La solución para Rodríguez es clara: “Inversión, inversión, inversión. Y por ahora no parece que vaya a ser así. De hecho, las plazas de residentes que salen todos los años, para médicos (MIR) este año ha habido un subidón brutal, pero la subida para los psicólogos (PIR) ha sido solo de nueve plazas más en toda España, este año teníamos en total 198 plazas de nueva creación para todo el país”.

Este psicólogo clínico cuenta la importancia que tiene ese bajo número de profesionales en otro grave problema que sufre España en mayor medida que otros países: la hipermedicación. “Si te derivan a salud mental eso ya es una suerte. En salud mental te puede ver un psiquiatra o un psicólogo, si te ve el psiquiatra te va a medicar, es decir, te va a reforzar la medicación que ya te han puesto en tu centro de salud de referencia. El hecho de que haya tan pocos psicólogos sin duda fomenta el hecho de que la primera alternativa ante un problema, un duelo, una pérdida, una crisis de ansiedad… sea la medicación. Es la primera e incluso la segunda alternativa y ya a cierta distancia se plantea la derivación al psicólogo”.

Ésta puede tardar en llegar, según el centro de salud y el distrito sanitario, cinco, seis y hasta ocho meses, asegura Rodríguez. Y aporta otro dato más: el 40% de las consultas de Atención Primaria son por problemas psicológicos, pero solo el 10% de ellas llega a salud mental.

España es de los países más medicados de Europa y del mundo, recalca Rodríguez. Según el Observatorio del Medicamento de la Federación Empresarial de Farmacéuticos Españoles (FEFE), en 2020 aumentó el consumo de psicofármacos y tranquilizantes. Los antipsicóticos y los antidepresivos crecieron ambos un 4%, aunque el informe indica que es una subida relativamente discreta comparada con el incremento de los problemas de sueño o ansiedad, y en 2019 ya había aumentado un 2% el consumo de esos fármacos.

ESTRATEGIA NACIONAL

“Es la primera vez que un político insiste dos veces en el Congreso acerca de la salud mental”, indica Rodríguez. La primera fue haciendo hincapié en el impacto de esta ola silenciosa en una sesión de control anterior, en la que pidió mayor atención e inversión de parte de lo público. La segunda ayer, poniendo sobre la mesa la importancia de actualizar la actual Estrategia Nacional de Salud Mental 2009-2013 en vigor. A finales de 2019 la entonces ministra de Sanidad María Luisa Carcedo ya manifestó que estaba “en una fase muy avanzada”. Eso fue antes de que la pandemia dejara lo importante a un lado. Este miércoles el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, aseguró que se va a actualizar y tendrá una dotación de 2,5 millones de euros. La salud mental será “el próximo gran salto” del Sistema Nacional de Salud, dijo.

“Yo, si tuviera que elegir un plan estratégico a nivel nacional, el primero sería el del suicidio. Es el gran tapado, se habla muy poco. Las cifras son espeluznantes, cerca de 4.000 personas se quitan la vida cada año en España, eso son 13-14 personas por día. Y eso son los que lo consiguen, hay muchos más que lo intentan. Además, algunos pasan desapercibidos en las estadísticas, accidentes de tráfico conduciendo solos de madrugada o personas que se caen en su casa y fallecen pero estaban intoxicadas seguramente. Ese tipo de accidentes no cuentan como suicidios, por lo que las cifras podrían ser superiores“, añade Rodríguez.

20 Abr 2021

POR: Javier

Noticias

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Todos queremos inteligencia emocional

HAY PALABRAS y expresiones que usamos con tanta familiaridad que parece que llevan ahí toda la vida. Algunas de ellas han llegado desde la psicología —ansiedad, autoestima, depresión, trauma— y se han instalado de tal manera en nuestra vida cotidiana que podemos llegar a pensar que hacen referencia a asuntos bien estudiados y conocidos, cuando no siempre es el caso. Hasta 1995 prácticamente nadie había oído hablar de la inteligencia emocional, un concepto con antecedentes en la literatura, la psiquiatría e incluso en una tesis doctoral, y que los investigadores John D. Mayer y Peter Salovey habían colocado en la arena psicológica hacía un lustro. Pero precisamente ese año se publicaba el superventas Inteligencia emocional, que lanzaría al estrellato a su autor, el psicólogo y periodista estadounidense Daniel Goleman, y que convertiría la expresión en una noción cotidiana para millones de personas.

La historia de este concepto se puede contar desde dos perspectivas que contrastan de manera llamativa: la de su desarrollo en el ámbito científico y la que ha tenido fuera de los muros de las universidades. Entró en las vidas del común de los mortales como un elefante en una cacharrería. En octubre de 1995, la revista Time decidía llevar en su portada una afirmación tan poderosa como polémica: “No es tu cociente de inteligencia. No es ni siquiera un número. Sin embargo, la inteligencia emocional puede ser el mejor predictor del éxito en la vida, redefiniendo lo que significa ser listo”. Nadie podía quedar indiferente ante una idea como esta, que además resultaba muy atractiva e intuitiva para la gente de a pie.

Probablemente todos estamos de acuerdo en que las emociones y las relaciones sociales son dos de los asuntos más relevantes e influyentes en la vida. Sin embargo, no contábamos con un concepto que los vinculase, y entonces apareció Goleman para regalarnos esta fórmula: inteligencia emocional. Además de su funcionalidad y de una cierta desconfianza hacia la noción tradicional de inteligencia, que es vista como algo poco modificable, se han propuesto otras razones para explicar la enorme difusión que ha tenido la idea, como son su carácter optimista, su oferta de habilidades útiles para las relaciones interpersonales y su uso masivo tanto en el ámbito de la empresa como por educadores, que han transmitido el mensaje de que para conseguir el éxito en el mundo moderno lo que hace falta es “conciencia emocional, sensibilidad e inteligencia callejera”. Hoy, más de 20 años después de su irrupción, seguimos sin saber exactamente cuál ha sido el secreto de su popularidad, pero es innegable que el concepto llegó para quedarse.

El enorme impacto entre el público contrasta con la controversia que la ha acompañado en las ciencias sociales. El desacuerdo ha sido la norma entre los investigadores, que han tenido problemas para dar una definición unívoca, una medida válida de esta supuesta inteligencia y pruebas claras de que el concepto aporte algo nuevo. La disputa llegó a tal extremo que el propio Mayer tuvo que salir públicamente en 2008 llamando a los investigadores al consenso para poder afrontar las numerosas críticas que recibía.

El tiempo suele poner las cosas en su sitio, pero en el caso de la inteligencia emocional no ha conseguido acabar aún con la polémica. Por una parte, encontramos a los defensores del concepto mostrando orgullosos los estudios que la relacionan con un gran número de ventajas; entre ellas: mejoras en indicadores de salud, en el desempeño laboral, en la capacidad de liderazgo, en la creatividad y en la toma de decisiones. Por otra, están los detractores del concepto. Entre ellos encontramos a Luis Díaz Vilela, profesor de la Universidad de La Laguna, que afirma tajantemente: “La inteligencia emocional (IE) es un constructo que no aporta nada a lo que ya existe en la psicología científica y tiene graves problemas de validez”. También a Dimitri van der Linden, investigador de la Universidad de Róterdam, que mantiene que no existen diferencias entre la IE y el factor general de personalidad. Y a Andrea Pittarello, de la Universidad de Groningen (Holanda), que ha encontrado en un estudio que una mayor IE puede servir para superar la tensión entre hacer lo correcto o lo incorrecto y servir como licencia para saltarse las reglas. Mientras los expertos resuelven la disputa, el mercado del crecimiento personal y el management sigue utilizando la idea en cuestión como un reclamo comercial y no parece importarle demasiado el debate científico en torno a su alcance y sus limitaciones. La participación estelar del propio Daniel Goleman en el Being One Forum de 2018, un encuentro donde se dieron cita propuestas pseudocientíficas de toda índole, contribuye al desprestigio de un tema que es visto por muchos como algo vinculado a la charlatanería.

Quizá habría que haber esperado a tener conclusiones más sólidas sobre el concepto antes de comercializarlo, pero tal vez esto sea una utopía en un mundo con personas proclives a comprar milagros y otras dispuestas a venderlos.

13 Abr 2021

POR: Javier

Noticias

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La Teoría del Aprendizaje de Piaget

Jean Piaget (1896 – 1980) fue un reconocido psicólogo, biólogo y epistemólogo de origen suizo.

Desarrolló sus tesis en torno al estudio del desarrollo psicológico en la infancia y la teoría constructivista del desarrollo de la inteligencia. De ahí surgió lo que conocemos como la Teoría del Aprendizaje de Piaget.

¿Qué es el enfoque constructivista?

El enfoque constructivista, en su vertiente de corriente pedagógica, es una manera determinada de entender y explicar las formas en las que aprendemos. Los psicólogos que parten de este enfoque ponen énfasis en la figura del aprendiz como el agente que en última instancia es el motor de su propio aprendizaje.

Los padres, maestros y miembros de la comunidad son, según estos autores, facilitadores del cambio que se está operando en la mente del aprendiz, pero no la pieza principal. Esto es así porque, para los constructivistas, las personas no interpretan literalmente lo que les llega del entorno, ya sea a través de la propia naturaleza o a través de las explicaciones de maestros y tutores. La teoría constructivista del conocimiento nos habla de una percepción de las propias vivencias que siempre está sujeta a los marcos de interpretación del “aprendiz”.

Es decir: somos incapaces de analizar objetivamente las experiencias que vivimos en cada momento, porque siempre las interpretaremos a la luz de nuestros conocimientos previos. El aprendizaje no es la simple asimilación de paquetes de información que nos llegan desde fuera, sino que se explica por una dinámica en la que existe un encaje entre las informaciones nuevas y nuestras viejas estructuras de ideas. De esta manera, lo que sabemos está siendo construido permanentemente.

El aprendizaje como reorganización

¿Por qué se dice que Piaget es constructivista? En términos generales, porque este autor entiende el aprendizaje como una reorganización de las estructuras cognitivas existentes en cada momento. Es decir: para él, los cambios en nuestro conocimiento, esos saltos cualitativos que nos llevan a interiorizar nuevos conocimientos a partir de nuestra experiencia, se explican por una recombinación que actúa sobre los esquemas mentales que tenemos a mano tal como nos muestra la Teoría del Aprendizaje de Piaget.

Al igual que un edificio no se construye transformando un ladrillo en un cuerpo más grande, sino que se erige sobre una estructura (o, lo que es lo mismo, una colocación determinada de unas piezas con otras), el aprendizaje, entendido como proceso de cambio que se va construyendo, nos hace pasar por diferentes etapas no porque nuestra mente cambie de naturaleza de manera espontánea con el paso del tiempo, sino porque ciertos esquemas mentales van variando en su relaciones, se van organizando de manera distinta a medida que crecemos y vamos interactuando con el entorno. Son las relaciones establecidas entre nuestras ideas, y no el contenido de estas, las que transforman nuestra mente; a su vez, las relaciones establecidas entre nuestras ideas hacen cambiar el contenido de estas.

Pongamos un ejemplo. Puede que, para un niño de 11 años, la idea de familia equivalga a su representación mental de su padre y su madre. Sin embargo, llega un punto en el que sus padres se divorcian y al cabo de un tiempo se ve viviendo con su madre y otra persona que no conoce. El hecho de que los componentes (padre y madre del niño) hayan alterado sus relaciones pone en duda la idea más abstracta en la que se adscriben (familia).

Con el tiempo, es posible que esta reorganización afecte al contenido de la idea “familia” y lo vuelva un concepto aún más abstracto que antes en el que pueda tener cabida la nueva pareja de la madre. Así pues, gracias a una experiencia (la separación de los padres y la incorporación a la vida cotidiana de una nueva persona) vista a la luz de las ideas y estructuras cognitivas disponibles (la idea de que la familia son los padres biológicos en interacción con muchos otros esquemas de pensamiento) el “aprendiz” ha visto cómo su nivel de conocimiento en lo relativo a las relaciones personales y la idea de familia ha dado un salto cualitativo.

El concepto de ‘esquema’

El concepto de esquema es el término utilizado por Piaget a la hora de referirse al tipo de organización cognitiva existente entre categorías en un momento determinado. Es algo así como la manera en la que unas ideas son ordenadas y puestas en relación con otras.

Jean Piaget sostiene que un esquema es una estructura mental concreta que puede ser transportada y sistematizada. Un esquema puede generarse en muchos grados diferentes de abstracción. En las primeras etapas de la niñez, uno de los primeros esquemas es el del ‘objeto permanente’, que permite al niño hacer referencia a objetos que no se encuentran dentro de su alcance perceptivo en ese momento. Tiempo más tarde, el niño alcanza el esquema de ‘tipos de objetos’, mediante el cual es capaz de agrupar los distintos objetos en base a diferentes “clases”, así como comprender la relación que tienen estas clases con otras.

La idea de “esquema” en Piaget es bastante similar a la idea tradicional de ‘concepto’, con la salvedad de que el suizo hace referencia a estructuras cognitivas y operaciones mentales, y no a clasificaciones de orden perceptual.

Además de entender el aprendizaje como un proceso de constante organización de los esquemas, Piaget cree que es fruto de la adaptación. Según la Teoría del Aprendizaje de Piaget, el aprendizaje es un proceso que sólo tiene sentido ante situaciones de cambio. Por eso, aprender es en parte saber adaptarse a esas novedades. Este psicólogo explica la dinámica de adaptación mediante dos procesos que veremos a continuación: la asimilación y la acomodación.

El aprendizaje como adaptación

Una de las ideas fundamentales para la Teoría del Aprendizaje de Piaget es el concepto de inteligencia humana como un proceso de naturaleza biológica. El suizo sostiene que el hombre es un organismo vivo que se presenta a un entorno físico ya dotado de una herencia biológica y genética que influye en el procesamiento de la información proveniente del exterior. Las estructuras biológicas determinan aquello que somos capaces de percibir o comprender, pero a la vez son las que hacen posible nuestro aprendizaje.

Con un marcado influjo de las ideas asociadas al darwinismo, Jean Piaget construye, con su Teoría del Aprendizaje, un modelo que resultaría fuertemente controvertido. Así, describe la mente de los organismos humanos como el resultado de dos “funciones estables”: la organización, cuyos principios ya hemos visto, y la adaptación, que es el proceso de ajuste por el cual el conocimiento del individuo y la información que le llega del entorno se adaptan el uno al otro. A su vez, dentro de la dinámica de adaptación operan dos procesos: la asimilación y la acomodación.

1. Asimilación

La asimilación hace referencia a la manera en que un organismo afronta un estímulo externo en base a sus leyes de organización presentes. Según este principio de la adaptación en el aprendizaje, los estímulos, ideas u objetos externos son siempre asimilados por algún esquema mental preexistente en el individuo.

En otras palabras, la asimilación hace que una experiencia sea percibida bajo la luz de una “estructura mental” organizada con anterioridad. Por ejemplo, una persona con baja autoestima puede atribuir una felicitación por su trabajo a una forma de manifestar lástima por él.

2. Acomodación

La acomodación, por el contrario, involucra una modificación en la organización presente en respuesta a las exigencias del medio. Allí donde hay nuevos estímulos que comprometen demasiado la coherencia interna del esquema, hay acomodación. Es un proceso contrapuesto al de asimilación.

3. Equilibración

Es de este modo que, mediante la asimilación y la acomodación, somos capaces de reestructurar cognitivamente nuestros aprendizajes durante cada etapa del desarrollo. Estos dos mecanismos invariantes interactúan uno con otro en lo que se conoce como el proceso de equilibración. El equilibrio puede ser entendido como un proceso de regulación que rige la relación entre la asimilación y la acomodación.

El proceso de equilibración

A pesar de que la asimilación y la acomodación son funciones estables en tanto que se dan a lo largo del proceso evolutivo del ser humano, la relación que mantienen entre ellas sí varía. De este modo, la evolución cognoscitiva e intelectual mantiene una estrecha vinculación con la evolución de la relación asimilación-acomodación.

Piaget describe el proceso de equilibración entre asimilación y acomodación como el resultante de tres niveles de complejidad creciente:

  1. El equilibrio se establece en base a los esquemas del sujeto y los estímulos del entorno.
  2. El equilibrio se establece entre los propios esquemas de la persona.
  3. El equilibrio se convierte en una integración jerárquica de esquemas distintos.

Sin embargo, con el concepto de equilibración se incorpora a la Teoría del Aprendizaje piagetiana un nueva cuestión: ¿qué sucede cuando el equilibrio temporal de alguno de estos tres niveles se ve alterado? Esto es, cuando existe una contradicción entre esquemas propios y externos, o entre esquemas propios entre sí.

Como señala Piaget dentro de su Teoría del Aprendizaje, en este caso se produce un conflicto cognitivo, y en este momento es cuando se quiebra el equilibro cognitivo previo. El ser humano, que constantemente persigue la consecución de un equilibrio, trata de hallar respuestas, planteándose cada vez más interrogantes e investigando por su cuenta, hasta que alcanza el punto de conocimiento que lo restablece.

09 Abr 2021

POR: Javier

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Así ayuda la rutina a nuestro bienestar físico y emocional

La vuelta de Semana Santa es sinónimo de vuelta al trabajo, a los horarios establecidos y a las costumbres diarias. Aunque cueste retomarla, llevar una vida ordenada contribuye al bienestar físico y emocional.

Existen más de 300.000 entradas en Google que responden a “depresión posvacacional”. La depresión es un trastorno psiquiátrico que requiere tratamiento médico, farmacológico y psicoterapéutico. Emplear esos términos para hablar de la pereza que nos da volver al trabajo después de una temporada ociosa es convertir en enfermedad lo que simplemente es una resistencia natural a retornar a las obligaciones.

Los infinitos artículos que recogen esa supuesta dolencia enumeran “síntomas” como los trastornos del sueño y la alimentación, el cansancio, el descontrol horario, la apatía… Elementos propios de algunas patologías psiquiátricas, pero, eso sí, una vez descartadas otras causas como haber pasado semanas trasnochando, durmiendo largas siestas, comiendo a deshora, viajando, gastando a capricho… Lo habitual en vacaciones.

Claro que hay personas que padecen realmente trastornos de ansiedad, estrés, incluso depresión cuando regresan. Pero, en esos casos, hay que estudiar seriamente qué les ocurre con su trabajo. Estos síntomas pueden revelar un problema más profundo, como acoso, frustración, manipulación o trastornos obsesivos en el entorno laboral.

Trabajar y tener una vida ordenada es saludable. Y eso, aunque pueda parecer tedioso, nada tiene que ver con la monotonía. Sostenía Freud que la salud mental consiste en la capacidad de amar y de trabajar. Y cualquiera que haya pasado por la consulta de un psiquiatra o un psicólogo sabe que las preguntas sobre el trabajo y sobre los hábitos de sueño y alimentación son de las primeras que se plantean. La vuelta a las obligaciones requiere retomar unos hábitos que, lejos de provocar síndromes, son los aconsejados por cualquier especialista: llevar un horario razonable de sueño y comidas, alimentarse de manera sana, evitar el alcohol, tener espacios propios al margen de la vida familiar, mantener la mente activa… Todo lo que se empieza a hacer (o, al menos, se intenta) llegado el otoño.

Solo hay que observar a los más pequeños: cuando se les alteran las pautas de comida y sueño un día, lo pasan fenomenal con esa libertad que se les deja; pero, cuando la cosa se alarga por un tiempo, se descontrolan y se vuelven intratables. Un estudio publicado en el Journal of Abnormal Child Psychology revela que las rutinas familiares ayudan a moderar la impulsividad en los niños.

En los adultos, la falta de rutinas durante un tiempo prolongado tiene un alto coste mental. Por eso los jubilados o las personas que están paradas tienen menos riesgo de sufrir ansiedad, estrés o depresión si se fijan pautas y obligaciones: estudiar, hacer trabajos de voluntariado, ir al gimnasio u otra actividad, a unas horas y unos días determinados. Eso fomenta la autoestima, la sensación de ser útiles que todos necesitamos. Y ordena la vida.

La rutina es la repetición mecánica de actos a fuerza de acostumbrarse a ellos. Cuando una persona se levanta todos los días a las siete de la mañana, se ducha, desayuna y coge el autobús para llegar al trabajo, no tiene que pensarlo ni decidirlo: sencillamente lo hace. Hay un control sobre la realidad, una realidad ordenada que, para la mayoría de las personas, especialmente para las ansiosas, es tranquilizadora. Los hábitos protegen y ayudan a los individuos a sentirse seguros porque saben qué esperar. Además, automatizar nuestros actos diarios y someterlos a una disciplina nos permite disfrutar de más tiempo y emplear nuestra mente y nuestras energías en asuntos más necesarios o placenteros. La rutina, esta palabra tan denostada, rentabiliza nuestro tiempo y nuestro esfuerzo y nos da la oportunidad de vivir más intensamente aquello que nos interesa. Esta conclusión la defienden numerosos estudios, como los realizados por la psicóloga Samantha J. Heintzelman, autora entre otros de ‘Routines and Meaning in Life’ (Rutinas y sentido de la vida), publicado en el Personality and Social Psychology Bulletin.

Además de los hábitos físicos, las vacaciones alteran la manera en que las personas se relacionan consigo mismas y con su núcleo familiar, a veces de manera radical. Conviven días enteros con la pareja, los hijos, la familia propia, la política o los amigos. Hay poco espacio para uno mismo y demasiado tiempo rodeado permanentemente de gente. Se pasa, de no verse apenas en temporada laboral, a convivir 24 horas diarias como una piña y con la obligación de divertirse. No es casualidad que en septiembre se produzca el 30% de los divorcios que se registran al año en España. Por mucho que veamos en las redes selfis con puestas de sol y lunas de miel varias, las vacaciones no son un idilio sin fin para nadie. Además, la experiencia de muchos terapeutas cuando tratan a personas viudas es que lo que más extrañan son las rutinas compartidas. No echan de menos los grandes viajes y diversiones en pareja, sino los desayunos o las cenas en casa, la compra de los sábados juntos.

Las vacaciones cumplen su función: desconectar de las obligaciones, descansar, relajar nuestras costumbres, cambiar de aires… Pero es precisamente su carácter temporal lo que nos beneficia y nos provoca su disfrute, por mucho que a la vuelta se haga duro madrugar. Decía Jaime Gil de Biedma, en su poema Lunes, que “quizá, quizá tienen razón los días laborables”. Pero, por si acaso el poeta estuviera equivocado, siempre nos quedarán los fines de semana.

05 Abr 2021

POR: Javier

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¿Cuál es la psicología detrás de los propósitos de año nuevo?

¿Sabías que solo el 10 % de las personas mantienen sus propósitos de año nuevo durante más de varios meses?

Todas las personas tenemos o hemos tenido alguna vez propósitos de año nuevo. Generalmente, son hábitos de nuestra vida que queremos eliminar, o aspectos de nuestra vida que deseamos modificar. Por ejemplo, dejar de fumar, hacer más deporte o ahorrar más dinero. Sin embargo, pasados unos meses esos propósitos se difuminan hasta llegar a desaparecer de nuestra mente. ¿Cuál es la psicología que hay detrás de los propósitos de año nuevo?

Según diversas investigaciones, solo el 10 % de las personas mantienen sus propósitos durante más de varios meses. No obstante, cuando se trata de malos hábitos es muy fácil recaer. Los propósitos de año nuevo suelen plantear un cambio en el estilo de vida, lo que también implica modificar un comportamiento que se ha vuelto habitual.

Así, el principal motivo por el que las personas no consiguen mantener sus propósitos es que no son demasiado realistas. También podrían padecer el denominado ‘síndrome de la falsa esperanza’, que se caracteriza por las expectativas poco realistas de una persona sobre la velocidad, la facilidad y las consecuencias de modificar un comportamiento.

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Cómo mantener los propósitos

Aunque lo más importante es la perseverancia, se puede trabajar la mente para mantenerse firme en los propósitos. Sin duda, si cambias tu forma de pensar también podrás modificar aspectos de tu comportamiento.

Es imprescindible que seas realista y que comiences con propósitos que puedas cumplir. Por ejemplo, si quieres dejar de consumir alcohol, no puedes volver abstemio de un día para otro. Trata de dejar el alcohol de forma gradual reduciendo su consumo. Además, ponte objetivos a corto plazo y a largo plazo para que te resulte más gratificante. Esto también puede aplicarse a comer de forma saludable o realizar ejercicio.

También podría ayudarte no empezar demasiados objetivos a la vez. Es mejor que comiences con un solo propósito y que hagas todo lo posible por cumplirlo, ya que de lo contrario podrías estresarte y abandonarlos. Así, una vez que tengas un objetivo bajo control podrás comenzar con un segundo propósito de año nuevo.

Asimismo, es positivo que compartas tu propósito con familiares o amigos. Ellos controlarán tu comportamiento y te ayudarán a que no recaigas si verdaderamente deseas abandonar el tabaco o dejar de beber alcohol. ¡No tengas miedo a pedir ayuda!

Por último, es imprescindible que no te limites y que aceptes los momentos de debilidad como parte del proceso. Cambiar un mal hábito no tiene por qué limitarse al comienzo del Año Nuevo. Además, las recaídas son inevitables cuando se trata de renunciar al tabaco, a la comida basura o al alcohol. Lo importante es que aprendamos de los errores y que modifiquemos nuestro estilo de vida de forma gradual.

22 Mar 2021

POR: Javier

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Los 5 grandes rasgos de personalidad: sociabilidad, responsabilidad, apertura, amabilidad y neuroticismo

¿Por qué cada individuo se comporta de una forma distinta ante distintas situaciones y contextos? ¿Cómo podemos explicar que hermanos criados en el mismo ambiente sean tan opuestos entre sí? En los últimos siglos, este tipo de preguntas sobre la personalidad del ser humano han ido encontrando ciertas respuestas gracias a las investigaciones en el ámbito de la psicología de las diferencias individuales.

En el estudio de la psicología de la personalidad, el conocido como Modelo de los cinco grandes (en inglés, “Big Five”) es un patrón en el estudio de la personalidad que examina la estructura de ésta a partir de cinco elementos amplios o rasgos de personalidad (dimensiones de la personalidad). Se trata de uno de los cuerpos teóricos más usados para definir y medir cómo es la personalidad de cada individuo.

Rasgos de Personalidad: los cinco grandes

Estos elementos constitutivos fueron reportados durante un estudio sobre las descripciones que hacían unos individuos sobre la personalidad de otros (Goldberg, 1993), y es uno de los modelos sobre los rasgos de personalidad humanos más reconocidos.

Los cinco grandes rasgos de personalidad, también llamados factores principales, suelen recibir los siguientes nombres: factor O (apertura a las nuevas experiencias), factor C (responsabilidad), factor E (extroversión), factor A (amabilidad) y factor N (neuroticismo o inestabilidad emocional), formando así el acrónimo “OCEAN”.

Cada uno de los rasgos está constituido por un conjunto de rasgos de personalidad más específicos. Por ejemplo, el factor E (extroversión) incluye cualidades concretas como la búsqueda de emociones, la sociabilidad o el optimismo.

El modelo de los cinco grandes que desarrolló Raymond Cattell (en la fotografía), pretende describir la personalidad, y los profesionales de la psicología han ido aportando nuevas evidencias y enfoques a través de los años diferentes metodologías para analizar estos rasgos de personalidad de cada individuo.

Los 5 factores de la personalidad

Existe un cierto acuerdo entre los expertos en personalidad en afirmar que la personalidad puede categorizarse en estos 5 grandes rasgos que fueron descritos en la teoría del Big Five personality traits.

La definición de cada uno de ellos es la siguiente:

(Factor O): Apertura a la Experiencia

Muestra en qué grado un sujeto tiende a buscar nuevas experiencias personales y concibe de una manera creativa su futuro. La persona abierta a la experiencia tiene una relación fluida con su imaginación, aprecia el arte y la estética, y es consecuente con sus emociones y la de los que le rodean. Prefieren romper con la rutina y suelen poseer conocimientos sobre amplios temas debido a su curiosidad intelectual. Su opuesto es la Cerrazón a la Experiencia (o al Cambio).

Los individuos que puntúan bajo tienen intereses más convencionales. Disfrutan de lo sencillo más que de lo complejo, ambivalente y sutil. Suelen observar las ciencias o el arte como disciplinas poco prácticas. Prefieren la familiaridad a lo novedoso; son moderados y apegados a la tradición.

(Factor C): Responsabilidad

Refiere a cuán centrado está el sujeto en sus objetivos, además de cuán disciplinado se muestra para la consecución de dichos fines. Podríamos decir que la persona con alta puntuación en el factor C es un individuo organizado, con capacidad de concentración, que termina sus tareas y que piensa antes de tomar una decisión.

(Factor E): Extraversión

Define el grado en que el sujeto se muestra abierto con los demás y canaliza su energía en contextos sociales. Dicho de otro modo, el factor E examina cuánto le agrada a un sujeto estar rodeado de otras personas, cuánto le gusta expresarse ante los demás, etc. Su opuesto es la Introversión, que se caracteriza en personas reservadas, que a menudo son tachados de antipáticos. Suelen ser ciertamente independientes, prefieren la rutina y el ambiente familiar.

Prefieren estar solos y no les agrada formar parte de bullicios de gente, lo cual no quiere decir que sean menos felices. Frecuentemente se muestran tan animados como el que más en círculos estrechos de amistad. Son más reflexivos que los extrovertidos, y tienden menos a la acción.

(Factor A): Amabilidad

Es el grado en que la persona se muestra respetuosa, tolerante y tranquila. La persona amable es aquella que confía en la honestidad de los otros individuos, tiene vocación para ayudar y asistir a quien lo necesite, se muestra humilde y sencillo, y es empático hacia las emociones y sentimientos ajenos.

(Factor N): Estabilidad emocional

Define en qué grado una persona afronta sin problema las situaciones complicadas de la vida. Los sujetos tranquilos, no muy proclives a sentir rabia o a enfadarse, suelen permanecer animados y gestionan muy bien sus crisis personales.

Dentro de los rasgos de personalidad, el Factor N es aquél que encontramos con alta puntuación en las personas moderadas y sosegadas.

Referencias bibliográficas:

  • Cattell, R.B., (1947). Confirmation and clarification of primary personality factors. Psychometrika, 12, 197-220.
18 Mar 2021

POR: Javier

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¿Nadie te obliga a entregar lo mejor de ti?

Más allá de las normas explícitas y públicas, existen formas de control social invisible. La voluntad individual se encuentra cada vez más condicionada.

Unos padres se levantan varias veces de madrugada para tomar la temperatura a su hijo pequeño. Un amigo pasa la tarde en la cocina preparando una cena estupenda para agasajar a sus invitados. Una médica dedica más tiempo del que dispone por paciente para atender correctamente a quien lo necesita. A veces, cuando todos ellos se quejan de cansancio, aparece alguien para recordarles que no tienen la obligación de hacerlo, una perogrullada ante la que solo pueden responder con una mirada que va de la extrañeza a la incredulidad. Como si hiciera falta una ley o un sistema formal de recompensas para entregar lo mejor de uno a los seres queridos.

“Nadie te obliga” es al mismo tiempo una sentencia cierta y absurda. Supone que solo el comportamiento humano que se ajusta a normas explícitas, públicas y publicadas está sujeto a algún tipo de control y que el resto depende de un fantasma al que se suele conocer como “voluntad individual”. Se trata de un planteamiento que no atiende al poder que se ejerce en las relaciones cotidianas, ese que filósofos como Simone de Beauvoir y Michel Foucault sacaron a la luz a lo largo del siglo XX, y que borra de un plumazo los compromisos, los lazos fraternos y, en cierta medida, la cultura en sí misma. También en el siglo pasado, la psicología científica demostró sobradamente que nuestro comportamiento no es ni mucho menos tan libre como creemos, por más que lo sintamos así. Defender lo contrario en la actualidad solo puede deberse al desconocimiento o a razones ideológicas.

Seguramente haya oído hablar acerca del llamado “sistema de crédito social chino”, una especie de carné por puntos que entrará en vigor de manera generalizada en 2020 y que consistirá en la creación de listas negras públicas donde se recogerán los nombres de aquellas personas que cometan actos inciviles. Es obvio que este es un procedimiento de control social, como lo son las multas, las condenas, la represión policial y los reglamentos de régimen interno que utilizan las empresas para sancionar a sus trabajadores.

Como ya señalaba el psicólogo B. F. Skinner en 1953, cuando pensamos que nuestra conducta está sometida a algún tipo de control o influencia, tendemos a identificarlo con el uso de ese tipo de mecanismos coercitivos por parte de ciertas instituciones. Pero estos no son los únicos ni están exentos de limitaciones. La facilidad para identificar a quien crea la norma y a quien se encarga de ejecutar las sanciones permite que las víctimas del control desarrollen estrategias de contracontrol dirigidas a evitarlo —como ocurre con los grupos de WhatsApp en los que se comparte la ubicación a tiempo real de controles policiales— o a modificarlo mediante negociaciones, huelgas y manifestaciones, por ejemplo. Además, la psicología nos ha enseñado que la coerción y el castigo son métodos bastante problemáticos para hacer que los otros hagan lo que queremos que hagan. Y es que las cadenas que más aprietan son las que menos duelen.

Hay ciertas formas de control que no son tan claramente identificables y de las que nos resulta extremadamente difícil escapar. Se trata de fenómenos que nada tienen que ver con el uso de castigos o con el cumplimiento de normas explícitas. No hay ninguna ley que nos obligue a felicitarnos por el cumpleaños ni a ayudarnos mutuamente cuando tenemos problemas, pero lo hacemos. La enorme complejidad de la vida humana escapa del caos gracias a que buena parte de nuestro comportamiento cotidiano no necesita de normas escritas para que se dé dentro de un orden. Nuestra vida privada —y parte de nuestra vida pública— ocurre en condiciones que, en lugar de actuar como cadenas, cimentan lazos familiares y comunitarios.

Las empresas privadas conocen bien el poder del refuerzo positivo y lo aplican constantemente. Las tarjetas de cliente que nos ofrecen descuentos y la posibilidad de acceder a ciertos productos y premios por realizar alguna acción que beneficie a la empresa son buenos ejemplos de cómo elegimos someternos a ciertos sistemas de control sin dar batalla. Sin embargo, el gran error que comparten Skinner, el Gobierno chino y las empresas, que cada vez penetran más en nuestra vida privada convirtiendo las relaciones personales en intercambios mercantiles, es el de creer que se pueden establecer sistemas de premios y castigos formales para cada uno de los comportamientos cotidianos sin alterar profundamente las relaciones humanas tal y como las conocemos. Como señala Eduardo Sánchez-Gatell, psicólogo y coautor de Sociopsicología. Instituciones y relaciones interindividuales, “la aplicación de contingencias formales a las relaciones personales supone su destrucción”.

Nuestra conducta siempre está controlada de una u otra manera. Una parte de ese control tiene que ver con un amplio entramado legal y normativo y los agentes que se ocupan de su cumplimiento, un control visible que identificamos y contra el que podemos rebelarnos. Pero existe también un control invisible que cada vez está siendo más intervenido por grandes poderes económicos. Podemos negarlo, ignorarlo o tomar medidas para limitarlo. De lo que hagamos dependerá en gran medida que nuestras sociedades sigan siendo en el futuro como las hemos conocido hasta ahora.

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