05 Ago 2021

POR: Javier

Ansiedad y estrés / Psicología general

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¿Qué es el estrés?

Todos hemos oído hablar del estrés, e incluso muchos hemos mencionado alguna vez que estamos “estresados”, pero en definitiva ¿qué es el estrés?

El estrés puede definirse como un conjunto de reacciones fisiológicas que se presentan cuando una persona sufre un estado de tensión nerviosa, producto de diversas situaciones en el ámbito laboral o personal: exceso de trabajo, ansiedad, situaciones traumáticas que se hayan vivido, etc.

Existen varios tipos de estrés:

  • Estrés normal: las reacciones fisiológicas que se dan en nuestro organismo ante determinadas situaciones y que se definen como estrés en realidad son normales, en cierta medida. Un poco de estrés y ansiedad nos puede ayudar a afrontar y superar algunas situaciones difíciles.

 

  • Estrés patológico: cuando el estrés se presenta de modo intenso por periodos prolongados, es muy probable que cause problemas físicos y psicológicos, transformándose en un estrés crónico y nocivo que puede provocar crisis de llanto, depresión, y diversas afecciones físicas.

 

  • Estrés post-traumático: es aquel que se presenta después de que una persona ha vivido algún tipo de suceso aterrador, como puede ser un accidente de tráfico o un desastre natural. A consecuencia de estos traumas, la persona tiene pensamientos aterradores con frecuencia, relacionados con la situación que vivió. Este tipo de estrés puede aparecer en personas de todas las edades, pero los niños son particularmente propensos a sufrirlo.

 

  • Estrés laboral: se le llama estrés laboral a un conjunto de reacciones nocivas, emocionales y físicas, que se producen cuando las exigencias en el ámbito laboral superan los recursos, las capacidades y/o las necesidades del trabajador. Según un estudio llevado a cabo por la OMS, el 28% de los trabajadores europeos sufre estrés laboral, y el 20% padece el síndrome llamado “burnout”.
02 Jul 2021

POR: Javier

Parejas y sexualidad / Psicología general

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Impacto psicológico de la separación de la pareja

La pérdida de la pareja a causa de una separación o divorcio genera un impacto emocional en los dos miembros de la misma que dependerá de muchos factores personales y de las circunstancias en las que se haya producido el fin de la relación. En cualquier caso, la ruptura inicia un ciclo emocional que pasa de la conmoción, la ira, la desorganización vital y la posterior reorganización. Es, como en cualquier situación de pérdida un duelo en el que algunas personas pueden quedar atrapadas en el dolor de un modo muy similar al que puede ocurrir con la muerte de un familiar directo o un amigo y, consecuentemente, caer en una depresión y una actitud de aislamiento y soledad.

La separación de una pareja supone, la interrupción de la historia de la vida de cada uno de ellos y de la que han construido juntos. Pero, al mismo tiempo y de forma especial en la pareja con hijos, en la mayoría de los casos habrá que seguir manteniendo una mínima y obligada relación tras la separación. Nunca se recuperará el yo previo al inicio de la convivencia, pero la necesidad de reconstruir la propia vida implica la previa superación emocional, la asunción del hecho y la voluntad de reorganizarse la vida estableciendo nuevos objetivos vitales.

El impacto emocional de la separación dependerá, como ya se ha dicho, de muchos factores: la causa (desgaste progresivo de la relación, infidelidad, malos tratos, etc.), si ha sido de mutuo acuerdo o decisión de uno solo de los miembros de la pareja, si hay hijos y la edad de los mismos, etc. Lo habitual es que hay una persona que inicia la ruptura y otra que se queda atrás. La primera se siente insatisfecha, reflexiona sobre la situación de la relación y empieza a buscar el apoyo de sus íntimos para su decisión de ponerle fin incluso antes de decírselo a su pareja. Es lo que se denomina proceso de desprendimiento y lo más frecuente es que se traduzca en actitudes y comportamientos antes que manifestar directamente el descontento.

Mientras, la otra parte, consciente o inconscientemente, puede negar las evidencias y autoconvencerse de que todo va bien. Esto lleva a una situación en la que ambas partes se justifican a sí mismos y culpan a la otra. Al final, la persona que decide la ruptura lo hace con un sentimiento de culpa y la otra reacciona con ira y frustración al sentirse traicionada.

La separación implica una pérdida de la definición que la persona tiene de sí misma, pasando de ser miembro de una pareja (alguien que pertenece a alguien o depende emocionalmente de él o ella y viceversa) a una persona independiente. Pero la separación afecta también al entorno social de la pareja, sean amigos o familiares, a los que en muchas ocasiones se obliga a tomar partido. En este sentido, se produce una pérdida evidente de relaciones sociales para ambos miembros de la pareja, lo que también genera un sentimiento de frustración y de traición hacia quienes se decantan por la otra parte.

Pero las víctimas más importantes del divorcio o la separación suelen ser los hijos, que tienden a negar la realidad incluso airadamente, en ocasiones a culparse a sí mismos de la separación de sus padres y también a fantasear con que vuelvan a estar juntos. A las postre, cuando son adultos continúan lamentando el divorcio de sus padres.

Al final, la separación supone crear una falla abrupta en el modo vida que se ha llevado hasta el momento y la necesidad de crear una nueva estrategia vital o, dicho de otro modo, reorganizar la propia vida y reconstruir las relaciones sociales y familiares.

07 Jun 2021

POR: Javier

Psicología general

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Síntomas por los que se debería ir al psicólogo

Los españoles no frecuentan habitualmente la consulta del psicólogo y cuando lo hacen es que ya no se puede más con un cuadro de sufrimiento en el que se ha perdido el control de las emociones e incluso de la vida cotidiana, tanto en el ámbito social, familiar o laboral. Sin embargo, hay una serie de síntomas o situaciones que deben inducir a quienes los sufren a buscar el apoyo de un psicólogo:

 

-Se tienen problemas para conciliar el sueño y descansar, generalmente porque no se puede desconectar de los problemas que uno tiene.

-Se siente agresivo, irritable, con cambios de humor que no se pueden controlar y que pueden llevar a generar situaciones límite.

-Se ha perdido el control sobre los acontecimientos diarios.

-No se controlan las emociones, se llora con facilidad y afloran, sin poder evitarlo, la rabia, la tristeza, la angustia, la impotencia, etc.

-Surgen problemas físicos como consecuencia de la somatización de los problemas:  dolores en diferentes partes del cuerpo, presión en el pecho, aumento de la frecuencia cardiaca, hiperventilación o respiración muy superficial y acelerada, sudoración, etc.

-Se siente incapacidad para resolver situaciones graves que puedan producirse en el ámbito familiar, laboral o social.

-Se siente que no se es capaz de analizar las cosas con objetividad y actuar con inteligencia.

-Se tienen pensamientos negativos, catastrofistas u obsesivos o fijaciones que condicionan la vida cotidiana.

-Deseo de morir o sensación de que su vida ya no tiene sentido.

-Piensa que todo el mundo está en su contra.

-Ha fallecido un familiar o una persona muy cercana y no es capaz de asumir su ausencia, condicionando su vida diaria.

-Vive en soledad, sin orden, comiendo cualquier cosa y en cualquier momento y no hace nada por relacionarse con otras personas.

 

La mayoría de estas situaciones son indicativas de la existencia de problemas psicológicos que deben ser resueltos y que requieren el apoyo de un psicólogo. Pueden ser síntomas del inicio de un proceso depresivo, precursores de un ataque de ansiedad o síntomas de algún trastorno del comportamiento. Basta que se dé uno de ellos para que exista la necesidad de consultar con un psicólogo. No se debe sufrir en vano, máxime cuando estos problemas pueden agravarse al no afrontarlos o no saber cómo hacerlo.

24 May 2021

POR: Javier

Niños / Noticias

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¿Pueden indicar las rabietas de los niños un problema de conducta?

Las rabietas diarias en los niños podrían indicar un problema más profundo como predisposición a la depresión, como sugiere un estudio publicado en ‘Journal of Child Psychology and Psychiatry’.

Es normal que los niños tengan rabietas de vez en cuando. Patalean, lloran e incluso se tiran al suelo cuando quieren conseguir algo o simplemente están cansados. Sin embargo, si los berrinches se producen a diario podría tratarse de una señal de conducta preocupante, tal y como sugiere un estudio publicado en Journal of Child Psychology and Psychiatry.

Tras realizarle una encuesta a cerca de 1500 padres, los investigadores descubrieron que el 84 % de los niños en edad preescolar habían tenido una rabieta en el último mes, mientras que solo el 8 % tenían berrinches a diario.

Esto podría indicar que, incluso en niños pequeños, las rabietas diarias pueden derivar en un problema más profundo como predisposición a la depresión, tal y como afirmó la investigadora del estudio Lauren Wakschlag en una entrevista publicada en Live Science.

Los investigadores también preguntaron a los padres sobre la frecuencia y gravedad de los berrinches de sus hijos. Así, los científicos concluyeron que un comportamiento poco habitual era que los niños tuvieran rabietas inesperadas, a diferencia de cuando se encontraban tristes o enfadados. Solo el 8 % tuvo una rabieta repentina una vez por semana.

Tampoco era común que durasen mucho tiempo, pues solo el 14 % de los niños tenían rabietas de más de cinco minutos una vez por semana. Además, únicamente el 8 % demostró tener conductas agresivas como gritar, morder o dar patadas.

Este hallazgo es parte de una investigación más amplia que estudia las diferencias entre las rabietas normales y aquellas que indican signos tempranos de problemas de salud mental. Los investigadores llegaron a la conclusión de que los berrinches son habituales en los niños, no obstante, cuando ocurren con demasiada regularidad podría ser preocupante.

Asimismo, tal y como indicó Walksclag, se necesita mucha más investigación para vincular los berrinches diarios con los problemas de salud mental, pues en realidad se trata de un comportamiento bastante habitual entre los niños.

Wakschlag, L.S., Choi, S.W., Carter, A.S., Hullsiek, H., Burns, J., McCarthy, K., Leibenluft, E. and Briggs‐Gowan, M.J. (2012), Defining the developmental parameters of temper loss in early childhood: implications for developmental psychopathology. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 53: 1099-1108. Doi: 10.1111/j.1469-7610.2012.02595.x

14 May 2021

POR: Javier

Fobias

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Aerofobia o miedo a volar

Las estadísticas señalan que uno de cada tres usuarios de los aviones tiene miedo a volar, lo que se conoce como aerofobia. Y es por ello que las compañías aéreas ofrecen a sus usuarios cursos gratuitos para ayudarles a vencer el miedo y que se realizan en parte en el interior de un avión.

El miedo a volar puede ser una fobia en sí misma, sustentada generalmente por la posibilidad de sufrir un accidente; un riesgo que, sin embargo, es menor que en cualquier otro medio de transporte, especialmente el coche. En ocasiones, sin embargo, la aerofobia tiene otros componentes que pueden agravarla, como es la claustrofobia o el miedo irracional a la altura (acrofobia).

En cualquiera de los casos este miedo a coger un avión causa un intenso sufrimiento a quien lo padece, siendo la ansiedad la forma más frecuente de manifestarlo, si bien en los casos más graves pueden producirse ataques de pánico o vómitos incluso antes de subir al avión o con sólo pensar en tal posibilidad, lo que a muchas personas les lleva a negarse a utilizar este medio de transporte. No obstante, son muchos los profesionales y empresarios que se ven obligados a viajar en avión pese al miedo a volar que puedan sentir.

Las compañías aéreas son conscientes de ellos y en la actualidad ofrecen a las personas con aerofobia terapias para vencerla mediante la realización de cursos que tienen dos componentes fundamentales:

  • Educación: la falta de información y las falsas creencias sobre el funcionamiento de los aviones, su seguridad es en muchas ocasiones la base del miedo a volar. Estos cursos permiten vencer este obstáculo y se completan con una terapia de exposición, haciendo que las personas que los realizan entren en un avión para realizar parte de este curso.
  • Terapia psicológica: el hecho de hacer que las personas con miedo a volar suban a un avión durante el curso es un modo desarrollar una terapia conductista, basada en la exposición a la causa del problema. Pero en la actualidad se va incluso un poco más allá y en algunos casos se utilizan los simuladores de vuelo o técnicas de realidad virtual para que el paciente tenga una exposición directa al hecho de volar. Sentir las turbulencias, identificar por sus causas los sonidos que se pueden escuchar durante el vuelo y reproducir todas las sensaciones que se pueden experimentar en el mismo ayudan de forma significativa a superar la aerofobia.

No obstante hay una serie de consejos que pueden ser muy útiles si, pese a sufrir aerofobia, se ha de viajar en avión:

  • No evitar pensar en el hecho de que debe volar. Muy al contrario, es bueno revisar mentalmente cómo va a desarrollar la jornada en la que se va a viajar en avión.
  • Informarse adecuadamente sobre el funcionamiento del avión y su seguridad frente a otros medios de transporte, como el coche.
  • Evitar el estrés el día del vuelo, afrontando la jornada relajadamente y sin prisas. Conviene no tomar bebidas excitantes desde el día anterior.
  • No tratar de ahogar el miedo en alcohol, pues se puede producir el efecto contrario al deseado e incrementar el miedo.
  • Lo mejor es elegir un asiento de pasillo para evitar mirar por la ventanilla.
  • Realizar ejercicios de relajación permitirá vencer la ansiedad que genera el miedo a volar.
  • La lectura, la música u otras distracciones similares ayudarán a abstraerse del hecho de que se está volando. Si se puede dormir, aun mejor.
  • Las turbulencias son una circunstancia frecuente en los vuelos. Se ha de pensar que el piloto sabe lo que hace y que el avión está preparado para aguantar turbulencias bastante mayores que las que se suelen producir en los vuelos comerciales.
  • Para viajar en avión lo mejor es llevar una vestimenta lo más cómoda posible.
  • Mejor comer ligero el día del viaje.
16 Abr 2021

POR: Javier

Ansiedad y estrés

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Cómo actuar ante una crisis de ansiedad

Conocer los síntomas es la premisa principal para poder actuar correctamente cuando es uno mismo el que sufre un ataque de ansiedad o, por el contrario se es testigo de cuando lo sufre otra persona. En este último caso, lo mejor que se puede hacer es mantener la calma y tratar de tranquilizarle y ayudarle a seguir los pasos que debería seguir si supiera reconocer los síntomas con que se inicia el ataque de pánico: malestar general, náuseas, mareos, sudoración, angustia, palpitaciones, sensación de irrealidad, presión en el pecho, taquicardia y dificultad para respirar.

Ante esta situación, una reacción adecuada implica el control de la respiración. Es importante ser consciente de que eso que se siente como una dificultad extrema para respirar no es real, sino simplemente una sensación. Y la manera de contrarrestarla es empezar a respirar lentamente y de forma profunda y acompasada, tomando el aire por la nariz (respiración pulmonar) y expulsándolo por la boca (respiración abdominal) o al revés. De este modo el aumento de oxígeno ayudará a las células de los diferentes tejidos del organismo a eliminar las toxinas que acumulan en los momentos previos a la crisis de ansiedad. Lo mejor es realizar estos ejercicios de respiración sentado o recostado.

Crisis de ansiedad

Esto ayudará a la persona que sufre el ataque de pánico a empezar a tranquilizarse e iniciar una dinámica de relajación general, para lo que puede solicitar la ayuda de alguna persona que se encuentre cerca, explicándole lo que está ocurriendo y pidiéndole que permanezca a su lado y luego que le acompañes mientras empieza a caminar lentamente, manteniendo los ejercicios de respiración. Mientras tanto, hay que repetirse a uno mismo que se trata tan sólo de un ataque de ansiedad, que no hay peligro alguno y que pasará en apenas cinco minutos.

Una vez que se ha conseguido un estado de tranquilidad mínimo hay que empezar a observar y reconocer el entorno con el fin de que no haya nada que suponga una amenaza o un riesgo. En ningún momento debe abandonarse los ejercicios de respiración, ya que es la base para reducir la frecuencia cardiaca y las palpitaciones y con ellas el resto de los síntomas iniciales hasta alcanzar la normalidad. Cuando se consigue volver a un estado de calma es necesario descansar unos momentos y evitar volver a la actividad.

Después de superada la crisis de ansiedad deberá ir al médico para que éste le prescriba el tratamiento que considere necesario. No hay que automedicarse y puede ser necesario someterse a terapia con el fin de cambiar aquellos aspectos de la forma de enfocar los problemas, afrontar el trabajo o controlar las emociones que han desencadenado el ataque de pánico.

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