13 Oct 2021

POR: Javier

Ansiedad y estrés / Noticias / Psicología general

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Los famosos también hablan abiertamente de sus problemas de salud mental para romper el tabú social

El pasado 10 de octubre se celebró el Día Mundial de la Salud Mental, una de las enfermedades invisibles más devastadoras, sufridas en silencio y que afectan a millones de personas en el mundo. Por este motivo, Unicef España ha puesto en marcha la campaña en redes sociales #EnMiMente para normalizar y visibilizar este problema de salud ya que, según la Confederación de Salud Mental España, el 6,7% de la población padece de depresión y ansiedad y 1 de 4 personas tiene o tendrá en nuestro país algún síntoma en su vida.

Por ello, es importante la comunicación y no juzgar. De ahí que sea fundamental que numerosos rostros conocidos hablen de sus patologías para hacer un frente común ante la depresión, el estrés, esquizofrenia, TOC, adicciones o pensamientos suicidas. En los últimos Juegos Olímpicos en Tokio, la cuatro veces campeona olímpica Simone Biles (24) confesó su drama interior y decidió parar: “He tenido demonios mentales” y para no molestar a nadie admitió que hace un año “dormía mucho porque era lo más parecido a la muerte sin hacerme daño”. Aquellas palabras se clavaron como dardos en el corazón de millones de personas. Pero ella no es la única que ha dado la cara. Mariah Carey (52), Martin Scorsese (78), Megan Fox (35), Catherine Zeta-Jones (52) y Britney Spears (39) padecen trastorno bipolar en diferentes grados, de ahí que la ex princesa del pop haya estado tutelada y que la esposa de Michael Douglas ingresara en centros específicos. De hecho, cuando en 2011 le diagnosticaron oficialmente la enfermedad le ingresaron en cuatro ocasiones.

En Hollywood hay super estrellas que no han tenido miedo a confesar públicamente cómo sienten y padecen. También es el caso de David Beckham (46), Cameron Diaz (49) y Leonardo DiCaprio (46) quien, a pesar de tener obsesiones y manías (suele pisar los chicles pegados en el suelo desde el set de rodaje hasta su roulotte), ha logrado cobrar 30 millones de dólares por película hasta amasar una fortuna de 230 millones. En el caso del futbolista, su trastorno obsesivo compulsivo consiste en tenerlo todo ordenado por pares y en línea recta y si pernocta en algún hotel ha de poner todos los libros y papeles dentro de los cajones. El ex presidente Donal Trump (75) padece misofobia, por lo que en la mayoría de encuentros nunca suele estrechar la mano por temor a contagiarse.

LOS MÁS MEDIÁTICOS DE ESPAÑA

En nuestro país, uno de los casos mediáticos más famosos ha sido el de Raquel Mosquera (53), que ha sido ingresada en diversas ocasiones por brotes psicóticos en el Hospital Puerta de Hierro o en la López Ibor. Pero no nos confundamos. Incluso los aparentemente más fuertes, como los futbolistas de primera, también cae en el pozo negro de la depresión, como le ocurrió a Iniesta (37) a raíz del fallecimiento en 2009 de su amigo, el futbolista Daniel Jarque y por una serie de lesiones que motivaron que cayera en un pozo (casi) sin fondo. Con la ayuda de una psicóloga y varios psiquiatras logró vencer a la enfermedad y marcó el gol que dio la victoria a España en los Mundiales de Sudáfrica. Esta misma enfermedad la ha padecido Kiko Rivera (37), que dejó de ejercer su profesión como DJ durante unos meses para recibir el tratamiento adecuado ya que confesó en GH DÚO que su adicción a las drogas motivó que cayera a nivel mental.

En una profesión tan inestable como la actuación, hay intérpretes que no suelen llevar demasiado bien los parones. Es lo que le sucedía a Alfonso Bassave (41), que le daba vueltas continuas a la cabeza de por qué no le contrataban, se encerraba en sí mismo y se culpabilizaba. Pero con la ayuda profesional logró soltarse y expresar lo que sentía. Pastora Soler (43) se retiró porque tenía pánico escénico, por lo que se mantuvo alejada del público durante dos años. El actor argentino Ignacio Serricchio (39) sufrió un duro golpe cuando su hermano pequeño Alejandro falleció hace cinco años al quitarse la vida por la depresión que padecía. Desde entonces, este galán afirmó a los cuatro vientos que “quiero ser la voz y el apoyo de los que sufren depresión y enfermedades mentales. Es mi nueva misión en la vida”. En España, la inversión del Gobierno para paliar los temas de salud mental es prácticamente tan vergonzosa como inexistente.

28 Sep 2021

POR: Javier

Felicidad / Psicología general

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Hablar bien para sentirse mejor

Sea amable y será más feliz. Repita “todo irá bien” y tendrá más posibilidades de que las cosas vayan bien. Mantenga su discurso enfrascado en aquello de “esto no tiene solución” y jamás la encontrará.

Puede sonar a optimismo barato o a manual de autoayuda, pero la neurolingüística es una disciplina centenaria que no solo ha dedicado sus esfuerzos al estudio de la producción del lenguaje desde el cerebro, también a la influencia que la palabra ejerce sobre la mente. Como defendía el psicólogo ruso Lev Vygotsky en la primera mitad del siglo XX, todas las funciones mentales –pero sobre todo el lenguaje– tienen una dimensión interna, mental o computacional, que puede y debe ser estudiada científicamente.

Pensamiento y palabra son dos conceptos íntimamente unidos. Si tienen o no el mismo origen genético, o si se desarrollan de una forma más o menos independiente, todavía hoy resulta motivo de debate. Las hipótesis coinciden en que, al menos, siguen un proceso de continua influencia recíproca.

Lo que hablamos influye, modifica e incluso corrige lo que pensamos.

Este binomio se concibe de manera habitual colocando antes al pensamiento y después a la palabra, como su expresión: “Decimos lo que pensamos”. Invertir los términos –decir y después pensar– puede sonar a acto irreflexivo, a que “no se debe decir todo lo que se piensa” y se debe pensar todo lo que se dice, ya que puede resultar inconveniente decir lo que se piensa en según qué contexto. Lo que hablamos influye, modifica e incluso corrige lo que pensamos. A nivel cognitivo, buena parte de lo que se dice acaba siendo lo que se piensa.

La influencia que la palabra ejerce sobre el pensamiento puede comprenderse de manera intuitiva mediante la observación del efecto mantra. Una práctica que se ha empleado tradicionalmente con diferentes objetivos. La repetición constante de una misma palabra –o una serie corta de palabras– es un método eficaz para desconectar del medio, para relajarse, para evadirse. En estudios sobre la técnica de neuroimagen se ha comprobado que este acto repetitivo produce una desactivación del córtex cerebral: repetir constantemente una palabra ayuda a “dejar de pensar”. O, al menos, a desconectar del pensamiento consciente.

La capacidad de la palabra para comunicar emociones positivas no se limita al uso que de ellas hacemos para brindar apoyo a un amigo en situaciones difíciles. Podemos alentarnos a nosotros mismos utilizando las palabras adecuadas, del mismo modo que el uso derrotista del lenguaje puede bloquearnos a la hora de afrontar la resolución de un problema.

En el conocido como Informe monja –una serie de estudios sobre la vejez llevados a cabo por el grupo de trabajo del doctor Snowdon, experto en alzhéimer, con 678 monjas de la Escuela de las Hermanas de Notre Dame– se valoraba el uso del lenguaje positivo como uno de los factores que influyen en la salud cerebral.

En condiciones normales, los vocablos alarmantes se convierten en aliados. Tras escuchar la palabra “peligro” nos colocaremos en estado de alerta, atenderemos al riesgo hasta detectarlo y seremos menos vulnerables. Para que una expresión alarmante sea verdaderamente útil en la prevención del riesgo, antes tendrá que haber sido automatizada. El organismo tiene la capacidad de automatizar gran cantidad de información, mientras que los pensamientos instantáneos se generan en gran medida a través de la repetición de lo que nos decimos. Cuando los pensamientos se convierten en automáticos dejan de ser conscientes, sobrepasan la reflexión. La capacidad de automatizar carece en sí misma de criterios para reconocer si esta beneficia o no, y algo tan cotidiano como la palabra resulta un blanco fácil para los automatismos.

El uso del lenguaje en la vida cotidiana está sembrado de trampas de las que no somos conscientes y que determinan de manera inefable cómo sentimos y cómo nos sentimos. Quien se repite a sí mismo constantemente que es un desgraciado se siente desgraciado. Pensar “todo me sale mal” general malestar. Cada vez que se dice “todo me sale mal” o “siempre me pasa lo mismo” habría que plantearse el significado de las palabras “todo” y “siempre” para calibrar si realmente es así. Y sin embargo resulta frecuente la tendencia a la generalización y a la dicotomía, sin percatarnos de algo importante: si estas generalizaciones se convierten en pensamientos automáticos, se estrechará nuestra forma de percibir nuestra situación y nuestro entorno.

Se puede reeducar la manera de hablar. Se puede y se debe, si efectivamente se habla mal. Esto será la prioridad: observar cuál es nuestro estilo de comunicación, tomar conciencia de cómo es nuestro lenguaje y de los automatismos que hemos ido generando. Debemos identificar nuestras palabras trampa y nuestras aliadas, ya que no a todos nos sirven las mismas. Una vez identificados estos vocablos, debemos entrenar el lenguaje repitiendo palabras aliadas y evitando repetir las que son nocivas. A través de la repetición conseguiremos nuevos automatismos expresivos que generarán cambios en nuestra manera de pensar y de sentir; ­elementos indispensables para autorregularnos y aprender a dirigir más conscientemente nuestro comportamiento, sin rendirnos antes de sopesar las verdaderas expectativas de triunfo o fracaso. Cuando hablamos le estamos diciendo a nuestro organismo lo que tiene que sentir, estamos dándole instrucciones, estamos generando emociones.

Hable bien y se sentirá mejor.

17 Sep 2021

POR: Javier

Ansiedad y estrés / Psicología general

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Crisis de ansiedad

La ansiedad, como el estrés, es una respuesta del organismo ante situaciones límites, que se caracteriza por una sensación de angustia leve o miedo, y la aparición de aceleración del ritmo cardíaco y la respiración, sudoración o sensación de flojedad. Es algo normal y que incluso puede ayudar a prender cómo afrontar situaciones complicadas.

Sin embargo, una crisis de ansiedad, sin ser un hecho grave para la salud, genera una situación de pánico que cursa con unos síntomas muy similares a los del infarto, hasta el punto de que puede confundirse con él. Ocurre de forma instantánea, sin previo aviso, y alcanza su máxima intensidad en cuestión de muy pocos minutos, pudiendo prolongarse durante unos pocos más.

Síntomas de una crisis de ansiedad

La sintomatología puede variar en cada persona, pero se considera que se ha producido una crisis de ansiedad cuando se producen cuatro o más de los siguientes síntomas:

-Palpitaciones o elevación de la frecuencia cardiaca (taquicardia).
-Sensación de ahogo, con respiración rápida.
-Opresión en el pecho.
-Miedo o pánico. Literalmente, sentirse a morir.
-Sudoración o escalofríos.
-Temblores.
-Náuseas o molestias abdominales.
-Mareo o incluso desmayo.
-Sensación de irrealidad.
-Sensación de entumecimiento u hormigueo.

Causas de una crisis de ansiedad

Hay problemas físicos que pueden desencadenar (hipertiroidismo, consumo del alcohol o drogas, etc.) pero lo más habitual es que este tipo de episodios se asocien a causas de índole psicológica, como el estrés. También hay que considerar el hecho de que la crisis de ansiedad puede ser síntoma de un trastorno mental, como agorafobia, fobia social y otros tipos de fobias.

Sin embargo, la crisis de ansiedad no debe confundirse con lo que en psiquiatría se denomina como trastorno de ansiedad generalizado. Mientras que en este caso la persona se encuentra permanentemente mal o de forma recurrente. Quienes sufren una crisis de ansiedad se encuentran perfectamente antes de que ocurra o entre una crisis y otra.

¿Qué hacer ante una crisis de ansiedad?

Lo normal es que la primera vez que se sufre un ataque de ansiedad y no se reconocen los síntomas se acuda a Urgencias ante la posibilidad de que se trate de un infarto. Pero cuando ya se ha sufrido en alguna ocasión es posible controlarlo. Lo primero es mantener la calma, no dejarse llevar por el miedo y tratar de normalizar la respiración inspirando por la nariz y expirando por la boca de forma rítmica y cada vez más pausada. Tomarse el pulso mientras se realiza esta maniobra permitirá comprobar como el ritmo cardíaco recupera poco a poco la normalidad.

En cualquiera de los casos es importante consultar con el médico y tratar de identificar qué ha motivado la crisis de ansiedad o si existe algún trastorno psicológico subyacente. En función de ello podrá instaurarse el tratamiento más adecuado en cada caso, pudiendo éste contemplar el uso de fármacos y/o terapia psicológica cognitivo conductual.

Cuando el estrés ha sido el desencadenante de la crisis, en la mayoría de los casos no es necesario ningún tipo de tratamiento, pero si adquirir hábitos saludables de vida que ayuden a prevenir nuevos episodios. El ejercicio físico es una buena manera de descargar el estrés y relajarse.

10 Sep 2021

POR: Javier

Comportamientos / Fobias / Psicología general

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El miedo esculpe el carácter

En la película Vértigo (1958), de Alfred Hitchcock, el protagonista que encarna James Stewart sufre acrofobia. Un pavor al que tendrá que enfrentarse para resolver el misterio que envuelve la trama. El miedo a las alturas es solo uno más de muchas otras fobias que solemos sufrir los humanos. Existen temores de baja y de alta intensidad que no siempre están justificados. Tener pavor a las serpientes entraría en la segunda categoría. La probabilidad de encontrar un animal peligroso en una ciudad es ínfima y, aunque nos puedan aterrar, se consideran miedos de poso reducido. Se trata de un temor que no nos afecta o perjudica en el día a día. Por el contrario, los de baja intensidad, más cotidianos (como el pánico a sufrir un accidente de coche o un robo), están siempre ahí y, precisamente por eso, acaban influyendo en nuestro carácter.

El temor a hablar en público, el miedo a las arañas o a la oscuridad son algunos de los traumas de las sociedades más desarrolladas.

Así como los miedos de alta intensidad pueden ser completamente personales (serpientes, arañas, atentado terrorista…), los cotidianos constituyen a menudo territorios comunes determinados culturalmente. Sin embargo, hay fobias que compartimos con mucha otra gente. Los usos y costumbres de cada sociedad forjan una serie de manías que se reiteran en los individuos. Por ejemplo, si hace el ejercicio de escribir en un buscador de Internet las palabras “miedo a…”, la propia herramienta completará la frase de acuerdo a las búsquedas que han hecho otras personas. A mí me ha sugerido: temor a conducir, a la muerte, al compromiso o a volar. Curiosamente, si lo escribo en inglés (Fear to), el buscador indica miedo a las alturas, al fracaso y a la oscuridad. Solo el pavor que nos da montarnos en un avión coincide en los dos idiomas. Por el motivo que sea, parece que a los anglosajones les aterrorizan otras cosas que a los castellanoparlantes.

Estados Unidos y Reino Unido suelen publicar en revistas especializadas de psicología o psiquiatría los miedos más comunes de su población. Los resultados varían, pero, sea cual sea la fuente consultada, hay una serie de temores compartidos en la cultura occidental. Uno de los más comunes es hablar en público, un temor casi inexistente en ámbitos rurales o países en vías de desarrollo. Volar es otra de las grandes fobias de la población de los países desarrollados. Le siguen la aracnofobia (a las arañas) y la mictofobia (a la oscuridad). Es curioso, porque todas estas estadísticas revelan que las principales fobias responden a cosas que difícilmente van a suceder. Si son fenómenos improbables, ¿por qué los tememos? Porque es la cultura lo que los determina y no los hechos.

La analista de liderazgo profesional Pilar Jericó, en su magnífico libro No miedo: en la empresa y en la vida (editorial Alienta), explica que durante la construcción de los rascacielos de Manhattan a principios del siglo XX, los constructores tuvieron problemas para encontrar obreros que quisieran trabajar colgados a los andamios y tuvieron que recurrir a los cherokee. En este grupo de indios americanos no estaba tan extendido el miedo a las alturas como en las familias de inmigrantes europeos. Lo curioso es que cuando los rascacielos estuvieron acabados, esos mismos indios se negaban a tomar el ascensor que los subiera a las mismas plantas que ellos habían construido porque en su cultura estaba muy arraigado el temor a los artilugios que se movían por electricidad. Lo mismo sucede en otros entornos sociales. En una familia, por ejemplo, los hermanos suelen tener manías similares, fobias cotidianas determinadas por los hábitos de su hogar. Este tipo de sentimientos no tiene nada que ver con su personalidad, sino con la herencia que han recibido en casa. En las empresas y organizaciones, los miedos comunes determinados se elevan a la enésima potencia. Las posibles represalias, las actitudes de la jerarquía para con sus inferiores y un largo etcétera de acontecimientos y maneras de dirigir conforman temores organizativos que se contagian entre empleados.

Todos estos miedos se tratan de una sola manera. Con información contrastada, comunicación y tarea en equipo, ya sea con la familia o con los compañeros de trabajo. Las fobias heredadas culturalmente se superan mejor en compañía. Porque el miedo de un equipo de personas es inferior al de un individuo aislado.

31 Ago 2021

POR: Javier

Ansiedad y estrés / Psicología general

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Cómo salir del pasado para mirar al futuro

¿Has tenido alguna vez la sensación de estar varado, de que tus propósitos y proyectos no acaban de arrancar? Se puede experimentar como un imán misterioso que nos retiene en su campo de fuerza. Por más que queramos avanzar, nos cuesta movernos y al final siempre acabamos en el mismo sitio.

Esta fuerza paralizadora afecta a las personas que eligen siempre un tipo de pareja que no les conviene, por ejemplo, o las que repiten una y otra vez los mismos errores; en suma, las que tienen la impresión de que su vida es un disco rayado en el que siempre suena el mismo pasaje.

¿Por qué sucede esto? ¿Y cómo salir del bucle?

Si queremos ser realmente libres, hay que renunciar a hacer pronósticos y aceptar que la vida es una aventura constante.

Einstein decía que “los problemas no pueden ser resueltos en el mismo nivel de conciencia que los creó”. Para detener ese generador interior de conflictos e insatisfacciones, primero debemos ser conscientes de que cargamos con esa pesada maquinaria que produce siempre los mismos resultados. Una vez identificada, podemos deshacernos de ella y las cosas empezarán a suceder de modo diferente.

El problema es que a menudo tenemos puesto el piloto automático y no somos conscientes de hacia dónde vamos. Desconocemos la inercia de nuestra mente. Si lo apagamos, de repente nos encontraremos con otros caminos y con nuevas soluciones.

El piloto automático opera a menudo desde el ­pasado, como apunta Otto Scharmer, creador de la Teoría U. En sus propias palabras: “La energía sigue a la atención. Por eso no debemos centrar nuestra atención en aquello que tratamos de evitar, sino en aquello que pretendemos que suceda”.

Por ejemplo, una persona que está resentida por las decepciones del pasado buscará sin darse cuenta esos mismos resultados en todas sus acciones y relaciones, porque está anclada en el bucle de lo que ocurrió, no en lo que puede ocurrir.

La Teoría U dice, entre otras cosas, que mientras no nos desprendamos de los viejos miedos y prejuicios, para lo cual usa la expresión inglesa let it go, no dejaremos espacio para que suceda nada verdaderamente nuevo en nuestra vida, let it come. Si no soltamos el lastre del pasado, no habrá espacio para que la vida nos sorprenda con nuevas direcciones y acontecimientos.

¿Y cómo podemos liberarnos del pasado? Básicamente reconociendo las creencias que nos mantienen encadenados para desactivarlas. Si durante años nos hemos repetido mantras del tipo “Nada me sale bien”, “Jamás tendré un céntimo” o “Todos los hombres o todas las mujeres son iguales”, de forma inconsciente estaremos alimentando la profecía y contribuiremos a que las cosas nos salgan mal, a seguir en la pobreza y a elegir el mismo tipo de compañeros.

Cuando escapas de todas esas ideas preconcebidas y te despides amistosamente de tu pasado —lo que implica perdonar a los que te han hecho daño, incluyéndote a ti mismo—, de repente se abre un espacio inmenso ante ti. En ese punto, la vida deja de ser repetitiva para recuperar la magia imprevisible de los niños.

Es el momento de cambiar. ¿Cómo hacerlo? Si queremos ser realmente libres, hay que renunciar a hacer pronósticos, aceptar que la vida es una ­aventura en la que cualquier cosa puede suceder. Pensar y actuar libres del pasado implica permitir que las cosas sucedan, dejar que la existencia nos sorprenda.

Un célebre aforismo de Jean Cocteau reza: “Lo hicieron porque no sabían que era imposible”. Los maestros del let it come, sean artistas, inventores o empresarios, se distinguen por estar siempre abiertos a todas las posibilidades. El explorador que pisa un nuevo territorio sin saber qué se encontrará descubre mucho más que el que llega a ese mismo lugar buscando fósiles.

Merece la pena desprendernos de nuestra co­lección de fósiles, ya sean experiencias, personas o visiones, para aventurarnos en una vida realmente nueva.

El árbol de los problemas

 

— Un cuento tradicional glosado por Jorge Bucay tiene como protagonista a un carpintero que, independientemente de los percances que hubiera sufrido, cada día antes de entrar en su casa tocaba las ramas de un árbol y recuperaba la sonrisa. Una vez en el hogar, disfrutaba de su esposa y de sus hijos.

— En una ocasión, un cliente que observó el ritual le preguntó en qué consistía: Ese es el árbol de los problemas —explicó—. Dado que siempre habrá disgustos, no quiero que entren en mi casa ni que los tenga que sufrir mi familia. Por eso, al terminar el día, los cuelgo en ese árbol y los recojo de nuevo a la mañana siguiente, aunque siempre hay menos y de menor tamaño.

— Esta misma enseñanza se aplica a los sufrimientos del pasado. Si los dejamos fuera de nuestro hogar interior, donde se construye el presente y el futuro, irán perdiendo importancia hasta desaparecer.

— La mente es un amplificador de lo que nos sucede, pero nosotros decidimos si encender o apagar el interruptor. Si está encendido, todo cobra una importancia excesiva, y el volumen aumenta si contamos a los demás —y a nosotros mismos— nuestras calamidades. Pero si nos permitimos sentir el dolor pero no interpretamos, eliminamos el parloteo interior, apagamos el interruptor. Siguiendo el aforismo de Buda: “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional.”

25 Ago 2021

POR: Javier

Ansiedad y estrés / Psicología general

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¿Por qué nunca tengo tiempo?

Tres leyes enunciadas en 1957 explican las causas de nuestra mala gestión de la agenda. Deje de hacerse esta pregunta y empiece a planificarse mejor.

Da igual los planes que hagamos para organizarnos mejor. Al final del día sentimos que nos falta tiempo para todo. Incluso durante el confinamiento, muchos creíamos tener una generosa provisión de horas, pero la jornada seguía esfumándose. ¿A qué se debe esta escasez endémica de horas que al final cuesta la vida?

Para quienes ejercen su profesión desde casa, bien porque ya lo hacían antes o porque se han incorporado al teletrabajo, esta pobreza se explica en la primera ley de Parkinson. Fue enunciada en 1957 por Cyril Northcote Parkinson, historiador naval británico que ironizaba sobre la burocracia. Y dice: “El trabajo se expande hasta llenar el tiempo de que se dispone para su realización”.

La segunda ley de Parkinson, “Los gastos aumentan hasta cubrir todos los ingresos”, también tiene que ver con nuestra escasez de tiempo. Dado que el dinero se obtiene a cambio de horas de trabajo, vivir al límite de nuestras posibilidades implica muchas veces vivir al límite de nuestra agenda.

La tercera ley reza: “El tiempo dedicado a cualquier tema de la agenda es inversamente proporcional a su importancia”. Puede chocar de entrada, pero tiene su explicación. Tal como afirma Cristina Benito en su libro Time Mindfulness, “la falta de tiempo es en realidad una falta de prioridades que tiene su origen en la comodidad, llevando a cabo en primer lugar lo que nos resulta más sencillo”.

Esta economista señala que las tres leyes no solo se aplican al trabajo, sino que se extienden a la gestión del tiempo libre, donde tendemos a llenar cada hora disponible. En su origen estaría el llamado horror vacui, expresión latina que puede traducirse como “horror al vacío”. Y así como en determinadas épocas del arte, por ejemplo el Barroco, el artista tendía a llenar todo el espacio disponible, lo mismo hacemos hoy con nuestra agenda. Sobre los motivos que nos llevan a copar todos los vacíos temporales, Cristina Benito señala tres:

Una fijación equivocada por la productividad. Nos ocupamos todo el tiempo, partiendo de la base de que solo lo “lleno” aporta valor, como los artistas barrocos. Sin embargo, lo vacío es necesario para que puedan surgir nuevas ideas. Warren Buffett tiene como herramienta clave una libreta en blanco que enseña en las entrevistas. En sus propias palabras: “Tienes que controlar tu tiempo. Frente a las exigencias de tener reuniones y cosas así, sentarse y pensar puede ser una alta prioridad”.

La obligación autoimpuesta de complacer a los demás. Llenamos huecos de nuestra agenda con peticiones ajenas: acudir a una reunión, a una fiesta, a un compromiso determinado. Muchas veces no nos apetece y preferiríamos quedarnos en casa leyendo un buen libro o dar un paseo. Cumplimos por miedo a perder la consideración de los demás, y ese miedo lo pagamos con tiempo: la única divisa que no podemos reponer.

El miedo al encuentro con uno mismo. Trabajar y atender compromisos llenan toda la agenda y nuestro espacio mental, lo cual nos impide pensar. Esto nos libera de hacernos preguntas incómodas que se pueden resumir en una: ¿es esta la vida que quiero llevar? Cargarnos de ocupaciones y de ruido mental —por ejemplo, a través de las redes sociales— nos permite esquivar este desafío. Sin embargo, tal como advertía Pablo Neruda: “Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y esa, solo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”.

Estar ocupados es el remedio perfecto para no pensar, instalados en el mantra del “no tengo tiempo”. El otro es vivir a toda velocidad. Cuando cabalgamos en la urgencia, el mundo se convierte en algo borroso, como lo que vemos a través de la ventanilla del AVE al pasar por una ciudad. En medio de esa carrera, además, desin­tegramos el tiempo tratando de responder al instante a cada estímulo de nuestro smartphone. Para salir de esa trampa, la escritora Diane Dreher recomienda aplicar el ma-ai, término japonés de las artes marciales que se traduce como “intervalo” y que ella considera el espacio de reacción donde reside la libertad: “No respondas de inmediato a todas las ofertas o invitaciones. Tómate tu ma-ai, tómate tiempo para pensar”.

14 Ago 2021

POR: Javier

Psicología general

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Verano en la ciudad

Decía Proust que el verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos. Siete estrategias para vivir unas vacaciones sin salir de casa como una auténtica aventura.

En 1970 un joven Wim Wenders produjo su primer largometraje, Summer in the City, como proyecto de graduación de la Escuela de Cine y Televisión de Múnich. La película, que no pudo exhibirse en cines porque el director no tenía los derechos de las canciones, describe las andanzas de Hans, que tras salir de la cárcel vaga sin rumbo por las calles de la ciudad, entrando en bares, jugando al billar y paseando sin prisa de un lugar a otro. Medio siglo después, el verano de muchas personas se parecerá al del protagonista de Wenders, que se haría famoso en 1984 con París Texas. Las limitaciones sobre los viajes y la incertidumbre económica harán que más de uno acabe haciendo vacaciones en su población. Y eso puede ser una experiencia aburrida o una gran aventura. Todo depende de la actitud con la que abordemos nuestro propio “verano en la ciudad”.

Veamos siete propuestas para hacer de las primeras vacaciones de la era covid una vivencia memorable:

Hacer de turista. Cuando conversamos con un visitante venido de lejos, a menudo nos habla de sitios de nuestra población donde hace tiempo que no hemos estado, tal vez porque al tenerlos a mano no los apreciamos. En este sentido, seguir la ruta que haría un viajero, pasando por monumentos, museos, restaurantes o parajes naturales nos procurará sorpresas, a la vez que adquirimos un estado de ánimo vacacional sin alejarnos de casa.

Descubrir la otra ciudad. Más allá de los hitos que hemos visto en el primer punto, es interesante perderse por barrios donde normalmente no iríamos porque no hay nada conocido. Al salir de la ruta más trillada es cuando se encuentran las verdaderas sorpresas. Un buen plan: bajarse en una parada de metro o autobús donde nunca hayamos estado y callejear con ojos de explorador a la búsqueda de lugares que no salen en los mapas.

Emular a ‘Los Cinco’. Quienes han alcanzado el medio siglo de vida recuerdan las novelas de Enid Blyton, en las que, entre aventura y aventura, sus jóvenes héroes se entregaban a largas meriendas con tartas y cerveza de jengibre. Podemos seguir su ejemplo, en nuestro verano en la ciudad, organizando un pícnic con amigos en un parque o entorno natural, dándonos tiempo para conversar y descansar.

Montar un cineclub casero. Para combatir la rutina, podemos invitar a amigos a ver un filme para disfrutar luego de una tertulia. E incluso programar un ciclo de varias películas, con una sala de cine itinerante por los hogares de los participantes.

Escuchar música con atención plena. ¿Recuerda aquel tiempo en el que reproducir un disco era una experiencia casi mística? Comprábamos el nuevo álbum de nuestro artista favorito y nos encerrábamos en nuestra habitación, tal vez a oscuras, a disfrutar de cada una de las canciones. Estas vacaciones diferentes pueden ser la ocasión de experimentar de nuevo los placeres del mindfulness musical.

Hacer dieta digital. Si no podemos escapar al mar o la montaña, unas vacaciones mentales desconectando del móvil —y de todas las redes— buena parte del día o de la semana es un regalo. Podemos restringir el horario de conexión a cuatro horas por jornada, o incluso silenciar cualquier clase de mensaje en un retiro de varios días.

Escribir. Las mayores aventuras de todos los tiempos se han creado desde un cuaderno o la pantalla de un ordenador. Prueba de ello fue Julio Verne, que escribió muchas de sus novelas de viajes sin apenas haber salido de su Amiens natal. Si la coyuntura obliga a quedarse en la ciudad, tal vez sea el momento de hacer realidad un proyecto —literario o de otro tipo— que excite nuestra imaginación.

05 Ago 2021

POR: Javier

Ansiedad y estrés / Psicología general

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¿Qué es el estrés?

Todos hemos oído hablar del estrés, e incluso muchos hemos mencionado alguna vez que estamos “estresados”, pero en definitiva ¿qué es el estrés?

El estrés puede definirse como un conjunto de reacciones fisiológicas que se presentan cuando una persona sufre un estado de tensión nerviosa, producto de diversas situaciones en el ámbito laboral o personal: exceso de trabajo, ansiedad, situaciones traumáticas que se hayan vivido, etc.

Existen varios tipos de estrés:

  • Estrés normal: las reacciones fisiológicas que se dan en nuestro organismo ante determinadas situaciones y que se definen como estrés en realidad son normales, en cierta medida. Un poco de estrés y ansiedad nos puede ayudar a afrontar y superar algunas situaciones difíciles.

 

  • Estrés patológico: cuando el estrés se presenta de modo intenso por periodos prolongados, es muy probable que cause problemas físicos y psicológicos, transformándose en un estrés crónico y nocivo que puede provocar crisis de llanto, depresión, y diversas afecciones físicas.

 

  • Estrés post-traumático: es aquel que se presenta después de que una persona ha vivido algún tipo de suceso aterrador, como puede ser un accidente de tráfico o un desastre natural. A consecuencia de estos traumas, la persona tiene pensamientos aterradores con frecuencia, relacionados con la situación que vivió. Este tipo de estrés puede aparecer en personas de todas las edades, pero los niños son particularmente propensos a sufrirlo.

 

  • Estrés laboral: se le llama estrés laboral a un conjunto de reacciones nocivas, emocionales y físicas, que se producen cuando las exigencias en el ámbito laboral superan los recursos, las capacidades y/o las necesidades del trabajador. Según un estudio llevado a cabo por la OMS, el 28% de los trabajadores europeos sufre estrés laboral, y el 20% padece el síndrome llamado “burnout”.
29 Jul 2021

POR: Javier

Comportamientos / Psicología general

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Personalidad egocéntrica: 15 rasgos característicos

La personalidad egocéntrica y el conjunto de conductas egocéntricas suelen estar vinculadas a ciertos patrones comportamentales, como la ambición, la arrogancia o el exhibicionismo.

Ser capaz de reconocer los rasgos de personalidad y las manifestaciones conductuales de la personalidad egocéntrica te dotará de recursos para identificar a este tipo de personas.

Personalidad egocéntrica: 15 rasgos para detectar el egocentrismo

Habitualmente, las personas egocéntricas emplean esta característica como una barrera psicológica que les impide actuar teniendo en cuenta las consecuencias de sus acciones en los demás. Frecuentemente, el origen de este rasgo puede encontrarse en su experiencia familiar, generalmente en un entorno integrado por padres de poca afectividad, que proyectan en el niño sus deseos de grandeza y omnipotencia.

Pero, cómo es exactamente la personalidad egocéntrica? Los siguientes 15 rasgos son característicos de las personas egocéntricas.

Autoimagen distorsionada

1. Falsa autoconfianza

A pesar de que la imagen externa del egocéntrico puede aparentar una gran confianza en sí mismo, la realidad es otra. Las personas egocéntricas suelen ser, en realidad, inseguras. Según el psicólogo alemán Erich Fromm, esto se debe a un mecanismo de defensa (1991). Proyectan una autoconfianza artificiosa y parecen convencidos de todo lo que dicen, es por ello que pueden resultar persuasivos y ser capaces de actuar como si tuvieran una gran autoestima.

2. Exceso de autoestima

Se observa que se valoran excesivamente a sí mismos. No obstante, el investigador D.M. Svarkic sostiene que esta actitud puede indicar justo lo contrario: una autoestima frágil que intentan compensar mediante esfuerzos para ser respetados, reconocidos y admirados por las demás personas.

3. Los sentimientos de grandeza

La persona egocéntrica cree ser poseedora de grandes talentos y habilidades especiales, y piensa que sus problemas y necesidades solo pueden ser atendidos por personas con gran capacidad y prestigio. El entorno de la persona egocéntrica suele emplear algunas expresiones para referirse a esta actitud, como por ejemplo “se cree un/a divo/a”.

4. Ambición y expectativas desmedidas

A consecuencia de sus sentimientos de grandeza, las personas egocéntricas pueden estar focalizadas constantemente en sus fantasías de poder, éxito, amor, sexo, etcétera. No es raro que piensen que en cualquier momento su vida profesional eclosionará y se convertirán en millonarios.

5. Distorsión de la realidad

El egocéntrico solo acepta la realidad que encaja con sus ensueños de grandiosidad. Tiende a no dar crédito o simplemente rechaza aquellos aspectos de su vida que ponen en tela de juicio su prestigio y su imagen de persona perfecta y admirable.

Poca empatía

6. No es capaz de reconocer los sentimientos de los demás

La pobre manifestación de sentimientos y gestos afectivos hacia las personas de su entorno (mostrarse sensible le haría sentirse inferior) contrasta con la necesidad del egocéntrico de ser admirado, halagado y respetado. Se muestra poco sensible ante los demás.

7. Dificultad para valorar las características personales de las persona de su entorno

Este punto genera una falta total de compromiso, empatía y afectividad entre la persona egocéntrica y sus allegados.

Hipersensibilidad a la evaluación de los demás

8. Reacciona de forma excesiva ante las críticas que recibe

Aunque pueda no expresarlo de forma directa, el individuo con personalidad egocéntrica es muy proclive a sentirse ofendido ante cualquier crítica (Kohut, 1972). Considera que los demás no tienen suficiente nivel o autoridad para juzgarle, y que probablemente las críticas se deban a la envidia que despierta. Suelen mostrarse excesivamente susceptibles.

9. Se compara con los demás y siente envidia

Le preocupa sentirse valorado como mejor que los demás. De forma indirecta, la persona egocéntrica expresa sentimientos de envidia, ya que no es capaz de aceptar el éxito ajeno. Tampoco son capaces de aceptar la ayuda de otra persona. Este último punto es paradójico, puesto que a pesar de que necesitan recibir elogios y respeto por parte de los demás, se muestran incapaces de aceptar ninguna clase de ayuda.

Dificultades en las relaciones interpersonales

10. Exhibicionismo

La personalidad egocéntrica también se manifiesta en ciertas actitudes como la motivación por el placer de sentirse halagado y admirado. Esto suele observarse en el deseo excesivo de esperar ser recompensado con halagos por los demás, y también una necesidad permanente de acaparar la atención. Por este motivo suelen mostrar mucha tendencia a ocupar cargos de repercusión pública, a partir de las cuales puedan ser objeto de atención y admiración (Akhtar y Thompson, 1982).

11. Sentimiento de tener derecho sobre otras personas

Esto implica que la persona egocéntrica se cree con derecho a recibir un trato preferente y ciertos privilegios respecto a los demás. Esto se manifiesta en las muestras de orgullo, vanidad y en los momentos en que se exige que se le otorguen ciertos privilegios y prebendas.

12. Maquiavelismo

El Maquiavelismo se define como la tendencia a utilizar a las demás personas en beneficio propio. Este comportamiento refuerza en la persona egocéntrica fuertes sentimientos de envidia, y solo se interesa por las demás personas en la medida en que puede emplearlas para obtener algo a cambio.

13. El control sobre los otros (manipulación)

La personalidad egocéntrica precisa de una alta cuota de poder para poder compensar el sentimiento de inseguridad de fondo. El individuo egocéntrico trata de forzar a otras personas a que les ofrezcan su admiración incondicional a través del control sobre sus ideas, acciones o comportamientos; a través de la manipulación o el chantaje emocional.

14. Distorsión en la expresión verbal

Es habitual referir esta característica como “egocentrismo del lenguaje”. El objetivo fundamental del lenguaje basado en el yo es tratar de impresionar e incrementar su propia autoestima. La función comunicativa del lenguaje pasa a un segundo plano. El estilo comunicativo se caracteriza por una focalización constante en uno mismo, y por ser incapaz de escuchar al interlocutor.

15. Solitario y pesimista

La persona egocéntrica, por último, se caracteriza por sufrir sensaciones de vacío existencial y tristeza. La soledad es uno de los peajes de la personalidad egocéntrica, puesto que poco a poco van siendo rechazados por las personas próximas (amigos, familiares, compañeros).

20 Jul 2021

POR: Javier

Psicología general

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