25 Ago 2021

POR: Javier

Ansiedad y estrés / Psicología general

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¿Por qué nunca tengo tiempo?

Tres leyes enunciadas en 1957 explican las causas de nuestra mala gestión de la agenda. Deje de hacerse esta pregunta y empiece a planificarse mejor.

Da igual los planes que hagamos para organizarnos mejor. Al final del día sentimos que nos falta tiempo para todo. Incluso durante el confinamiento, muchos creíamos tener una generosa provisión de horas, pero la jornada seguía esfumándose. ¿A qué se debe esta escasez endémica de horas que al final cuesta la vida?

Para quienes ejercen su profesión desde casa, bien porque ya lo hacían antes o porque se han incorporado al teletrabajo, esta pobreza se explica en la primera ley de Parkinson. Fue enunciada en 1957 por Cyril Northcote Parkinson, historiador naval británico que ironizaba sobre la burocracia. Y dice: “El trabajo se expande hasta llenar el tiempo de que se dispone para su realización”.

La segunda ley de Parkinson, “Los gastos aumentan hasta cubrir todos los ingresos”, también tiene que ver con nuestra escasez de tiempo. Dado que el dinero se obtiene a cambio de horas de trabajo, vivir al límite de nuestras posibilidades implica muchas veces vivir al límite de nuestra agenda.

La tercera ley reza: “El tiempo dedicado a cualquier tema de la agenda es inversamente proporcional a su importancia”. Puede chocar de entrada, pero tiene su explicación. Tal como afirma Cristina Benito en su libro Time Mindfulness, “la falta de tiempo es en realidad una falta de prioridades que tiene su origen en la comodidad, llevando a cabo en primer lugar lo que nos resulta más sencillo”.

Esta economista señala que las tres leyes no solo se aplican al trabajo, sino que se extienden a la gestión del tiempo libre, donde tendemos a llenar cada hora disponible. En su origen estaría el llamado horror vacui, expresión latina que puede traducirse como “horror al vacío”. Y así como en determinadas épocas del arte, por ejemplo el Barroco, el artista tendía a llenar todo el espacio disponible, lo mismo hacemos hoy con nuestra agenda. Sobre los motivos que nos llevan a copar todos los vacíos temporales, Cristina Benito señala tres:

Una fijación equivocada por la productividad. Nos ocupamos todo el tiempo, partiendo de la base de que solo lo “lleno” aporta valor, como los artistas barrocos. Sin embargo, lo vacío es necesario para que puedan surgir nuevas ideas. Warren Buffett tiene como herramienta clave una libreta en blanco que enseña en las entrevistas. En sus propias palabras: “Tienes que controlar tu tiempo. Frente a las exigencias de tener reuniones y cosas así, sentarse y pensar puede ser una alta prioridad”.

La obligación autoimpuesta de complacer a los demás. Llenamos huecos de nuestra agenda con peticiones ajenas: acudir a una reunión, a una fiesta, a un compromiso determinado. Muchas veces no nos apetece y preferiríamos quedarnos en casa leyendo un buen libro o dar un paseo. Cumplimos por miedo a perder la consideración de los demás, y ese miedo lo pagamos con tiempo: la única divisa que no podemos reponer.

El miedo al encuentro con uno mismo. Trabajar y atender compromisos llenan toda la agenda y nuestro espacio mental, lo cual nos impide pensar. Esto nos libera de hacernos preguntas incómodas que se pueden resumir en una: ¿es esta la vida que quiero llevar? Cargarnos de ocupaciones y de ruido mental —por ejemplo, a través de las redes sociales— nos permite esquivar este desafío. Sin embargo, tal como advertía Pablo Neruda: “Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y esa, solo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”.

Estar ocupados es el remedio perfecto para no pensar, instalados en el mantra del “no tengo tiempo”. El otro es vivir a toda velocidad. Cuando cabalgamos en la urgencia, el mundo se convierte en algo borroso, como lo que vemos a través de la ventanilla del AVE al pasar por una ciudad. En medio de esa carrera, además, desin­tegramos el tiempo tratando de responder al instante a cada estímulo de nuestro smartphone. Para salir de esa trampa, la escritora Diane Dreher recomienda aplicar el ma-ai, término japonés de las artes marciales que se traduce como “intervalo” y que ella considera el espacio de reacción donde reside la libertad: “No respondas de inmediato a todas las ofertas o invitaciones. Tómate tu ma-ai, tómate tiempo para pensar”.

10 May 2021

POR: Javier

Psicología general

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Vivir en la incertidumbre

Afrontamos entornos en constante cambio y necesitamos soluciones creativas para adaptarnos. ¿Cómo pilota nuestro cerebro esta inquietud?

Mientras el mundo afronta las dualidades en juego del coronavirus y los ritmos y rituales de nuestras vidas se ven interrumpidos indefinidamente, tenemos mucho que aprender de la incertidumbre. No obstante, la capacidad para sobrellevar periodos de “no saber” es una característica esencial de una mente sana y flexible, nuestro trasfondo de seguridad es excepcionalmente vulnerable ante lo incierto. Según H. P. Lovecraft, maestro del género literario del horror, “de todas las emociones humanas, la más antigua y más poderosa es el miedo, y de todos los miedos, el más antiguo y más poderoso es el miedo a lo desconocido”. Como tal, propone el doctor Nicholas Carleton de la Universidad de Regina, “representa una palanca de Arquímedes para la psicología humana”.

Vivimos en entornos en constante cambio y necesitamos soluciones creativas para ajustarnos y adaptarnos a la incertidumbre. ¿Cómo pilota nuestro cerebro por los equívocos de lo incierto? El teorema de la inferencia bayesiana, ideado por el teólogo y matemático inglés Thomas Bayes y publicado póstumamente en 1763 —que se ha convertido en uno de los principios fundamentales de la ciencia cognitiva moderna—, lo explica. “Cualquier sistema biológico que resista la tendencia al desorden se adherirá a él”, señala el doctor Karl Friston, especialista en neurociencias de la University College en Londres y principal defensor de la idea de que nuestro cerebro es un órgano estadístico de inferencia que opera bajo el principio de probabilidad bayesiano. Según Friston, “el cerebro, al tratar de anticipar lo que la próxima ola de sensaciones le comunicará, constantemente hace inferencias y actualiza sus creencias en función de lo que le transmiten los sentidos e intenta minimizar las señales de error de predicción y previene la sorpresa. Literalmente, es un órgano fantástico en el sentido de que genera hipótesis y fantasías que le son apropiadas para tratar de explicar los innumerables patrones y el flujo de información sensorial que está recibiendo”.

Sin embargo, no siempre podemos resolver la incertidumbre mediante la reconstrucción de un modelo interno del mundo. Los efectos dañinos de las respuestas a la incertidumbre no siempre pueden resolverse mediante una actualización bayesiana exitosa. Ahí radica la amenaza de la incertidumbre. En tal caso, uno no sabe realmente lo que siente, no sabe quién es o si es alguien. El psicoanalista Thomas Ogden propone que, contra el terror de no saber, elaboramos alternativas ilusorias capaces de generar pensamientos, deseos y miedos, que se sienten como propios, para protegernos contra el miedo. Sin esta ilusión, uno se sentiría intolerablemente expuesto ante la incertidumbre que desequilibra el núcleo del ser. A pesar de que estas alternativas constituyen una defensa efectiva, lo que uno siente aleja aún más a la persona de sí misma —en tal situación se requiere de ayuda externa—.

Ahí, donde no nos es posible aplicar la lógica de la razón y las palabras no pueden nombrar lo incierto, aflora lo siniestro —lo extraño en lo familiar—. Como una pintura cubista, que nos desconcierta y nos atrae, y da cuenta de nuestros temores. Sigmund Freud le dedica un ensayo a lo siniestro, en el que lo define como un saber inconsciente y lo asocia con la extrañeza en nosotros mismos. El psico­analista Christopher Bollas lo describe como lo no pensado conocido. Aquello que sabemos, pero que se mantiene en algún nivel fuera de nuestra conciencia. A pesar de que no lo podemos expresar con palabras, se manifiesta en nuestras emociones, como ocurre con los recuerdos viscerales de interacciones con nuestros padres o cuidadores, que dan forma a quienes somos y definen nuestra respuesta a la incertidumbre en la vida adulta.

En los setenta, la doctora Mary Ainsworth, pionera en la teoría del apego, concibió la situación del extraño para estudiar la relación entre las conductas de apego y de exploración en bebés bajo condiciones en las que confrontan a un desconocido. El experimento consiste en una serie de episodios, que duran pocos minutos cada uno, mediante los cuales se introduce, separa y reúne a una mujer, su hijo y un desconocido. Ainsworth observó que el bebé utiliza a la madre como una base segura para la exploración y, por otro lado, que la percepción de amenaza hacía desaparecer las conductas exploratorias. Su experimento confirma que los niños con apegos estables y predecibles afrontan mejor la incertidumbre.

La reacomodación de nuestros límites y fronteras, en el mejor de los casos, estimula estados inéditos y creativos. Al permitirnos la familiaridad con lo desconocido, la mente receptiva puede jugar. El juego entendido de esta manera, dice el psicoanalista Donald Winnicott, es un acto espontáneo. Es una experiencia emocional que se vive en el presente. Una creatividad potencial depende de la posibilidad de interrogarnos ¿por qué estamos donde estamos? En su ensayo No saber y avanzar, el escritor Javier Marías apunta: “Es más, a menudo tengo la sensación de que no sé escribir novelas, y sin embargo ahí están, al cabo del tiempo, terminadas, publicadas y más o menos legibles”. Y concluye: “Quizá por eso abrigo esa fuerte, creciente sensación de no saber cómo se hace una novela. Porque no saber, no saber, y sin embargo avanzar, es el único verdadero refugio de lo indeterminado”.

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